jueves, 2 de marzo de 2017

El Efecto Streisand y los autobuses naranja

Hace años, Barbra Streisand (recuerden que la ortografía del nombre es incorrecta a propósito) se metió en un charco al intentar evitar la divulgación de ciertas informaciones privadas en Internet. Al final la cosa le salió fatal porque no solo los datos no desaparecieron, sino que se copiaron y replicaron a la velocidad de la luz consiguiendo que todo quisqui tuviera conocimiento y acceso a ellos. 

Es lo que se ha dado en llamar «Efecto Streisand»: en estos tiempos de redes y comunicaciones casi instantáneas, cuando más trates de ocultar y eliminar algo ya publicado, más posibilidades hay de que se propague de forma incontrolable y alcance infinitamente más publicidad y difusión de lo que hubiera sido natural.

Para luchar contra esas publicaciones hay un método sencillo, en primer lugar, e importante no hacerse eco de ellas, ni confirmarlas ni desmentirlas, de ese modo no se publicita la propia información, que acabará rápidamente sepultada por trillones de nuevos bits.

Por otro, lanzar información contradictoria al respecto, de modo que la calidad del dato acabe por diluirse en la confusión de la cantidad. En el caso de la señora Streisand, no solo no tendría que haber dicho nada al respecto, ciertas fotos de su casa, creo recordar, sino que además tendría que haber hecho publicar fotos de otras casas con la afirmación de que eran la suya. Al cabo del tiempo no habría forma de distinguir su verdadera casa de las «falsas» Solo una visita al registro de la propiedad habría certificado la noticia auténtica, pero… ¿quién investiga hoy día la veracidad de las informaciones?

A lo largo del tiempo hemos sido testigos de muchos «Efectos Streisand», incluso publicistas espabilados lo han usado como herramienta de trabajo. Crean una campaña publicitaria deliberadamente polémica para que el colectivo de turno brinque como un gato con el rabo quemado y, automáticamente, la campaña salta desde los oscuros espacios publicitarios a los que presupuestariamente podía aspirar, a las primeras páginas de los medios y los minutos «de oro» de los informativos. El publicista contento, el colectivo más cabreado todavía, y el anunciante satisfecho. Siendo sinceros ¿alguien se cree que las pataletas de un colectivo minoritario de nombre enrevesado van a calar en la memoria colectiva más que marca anunciada? La marca se encuentra día a día en las estanterías de los supermercados, los nombres enrevesados de colectivos minoritarios, no.

El último «Efecto Streisand» ha tenido lugar en Madrid a cuenta de un autobús de la asociación de carácter religioso Hazte oír. En el autobús, pintado de un brillante color naranja, aparece la leyenda «Los niños tienen pene. La niñas tienen vulva. Que no te engañen» Ante esto, asociaciones pro sexualidad diversa, asociaciones bienpensantes, y el propio Ayuntamiento y hasta la Comunidad de Madrid han reaccionado como si les hubieran metido un cohete por el culo, en una demostración de poca templanza institucional que bien se podía demostrar con más frecuencia en problemas más perentorios. 

Por supuesto, todos los medios, grandes  y pequeños, telediarios, tertulias radiofónicas y hasta este blog se han hecho eco del mensaje del autobús. «Efecto Streisand» de manual y triunfo arrasador de Hazte oír, su mensaje no ha quedado limitado al más o menos largo recorrido que hubieran efectuado por las ciudades que tenían previstas, ha tenido repercusión nacional, ha generado debate más allá de la intención original, cuestionando el propio principio de la libertad de expresión y de conciencia. 

Con lo fácil que hubiera sido ignorar el dichoso autobús, dejar que diera sus vueltas de acá para allá y que dentro de quince días nadie se acordara de él. Pero no, había que armar escándalo y darle publicidad gratuita, teniendo además que dar explicaciones complejas para «desactivar» un mensaje simple.

Enhorabuena, campeones.

martes, 3 de mayo de 2016

Por qué odio las batucadas.

Las batucadas siempre me han dado mucho asco.

Es empezar a oír el tamborreo ese y se me hincha la vena, la bilis me sube por la garganta y un gruñido animal me sale de las tripas.

Curiosamente, ese efecto solo me lo provocan las batucadas jipis, ya sabe usté, esas que se han puesto tan de moda en España de unos años a esta parte entre ese colectivo al que se le da por llamar perroflauta. Sin embargo, si me encuentro en la tele a Carlinhos Brown dale que te pego al frente de un montón de brasileiros rumbosos solo me aburre, no es el tipo de música que me vaya, la verdad.

Pero con esas batucadas perroflauteras... No sabía por qué las odiaba tanto. Algo que ver con las frecuencias bajas y todo eso, pensaba yo, pero no, no era eso.

Allá por 2011 vivía en una calle peatonal, y un día, debajo de mi casa, se organizó la cabecera de una manifestación de apoyo al 15M. Un montón de gente, pancartas, banderas, en principio todo muy festivo, entonces aparecieron ellos, un nutrido grupo de atambores mayormente vestidos de brillantes colores y predominio de la rasta. Cuando empezaron a aporrear sus instrumentos al frente de la manifa y todos ellos se fueron perdiendo calle arriba lo entendí.

Esas batucadas son una puta banda militar, que digo militar, son una banda de batalla.

¿Qué no? ¡Ja! Solo les faltan las cornetas y lo pífanos. Fue empezar aquella manifa, ver avanzar, prietas las filas, a pancarteros y manifestantes tras bombos y tarolas y venírseme a la memoria la banda con la que durante el CIR nos marcaban el paso para que el orden cerrado fuera eso, ordenado y cerrado.

Además van a paso legionario, tamborreando con brío para amedrentar a las viejas y enardecer a la masa que les sigue y piense poco, o por lo menos se centre en lo que la organización dice que tienen que pensar.

Desde entonces esto de las batucadas no solo me da mucho asco. También mucho, mucho miedo.

jueves, 1 de octubre de 2015

La idiotez del «coaching»

Esta es una lucha perdida desde que el latín fue latín, pero eso no evita que de cuando en cuando haya cosas que me ponen de un humor muy especial.

Llevamos de unos años a esta parte oyendo hablar de los «coach» y el «coaching» y da la impresión de ser algo genial y formidable, total, se trata de ayudar a otras personas, ya sea de grado o previo pago, a mejorar y así alcanzar sus objetivos o colmar sus ilusiones. Obviamente eso no es ninguna idiotez, la formación y el enderezar hábitos incorrectos o descuidados es fundamental para cualquiera.

Lo que es una soberana gilipollez es llamar «coaching» a eso y «coach» a quien lo ejerce. Que si, que los palabros en inglis dan más empaque a las cosas, pero cuando de toda la vida se han usado buenas palabras castellanas como formador, tutor, asesor, supervisor y sus correspondientes formas verbales: formar, tutorizar, asesorar, supervisar, que además implican en cada caso una sutil diferencia de actitud y relación entre pupilo y adiestrador («el que hace diestro», que no es necesariamente sinónimo de domador), querer sustituirlas por algo tan laxo y poco comprometido, como es el «coaching» nos devuelve de nuevo a la bobería manifiesta del colonizado con muy poca personalidad y aún menos memoria, porque no lo olvidemos: todas estas invasiones idiomáticas vienen por una parte desde la pijería exclusivista del que se quiere distinguir a base de rarezas más o menos justificadas, y por otra de la ignorancia del común de a pie, al que no se le ha enseñado correctamente su idioma.

Porque una cosa es importar y adoptar expresiones para conceptos nuevos o que acortan de forma significativa según que denominaciones, y otras cambiar por la tontería de cambiar. Las primeras las acepto y uso, las segundas me resultan de lo más gilipollesco.

Ya se sabe, si los tontos volaran...


jueves, 30 de julio de 2015

El cocido y la paella

Normalmente el verano suele estar marcado por la falta de noticias relevantes (calores y locos estacionales aparte) y los medios se esfuerzan por rellenar minutos y páginas con reportajes que van de lo estrambótico a lo muy sobado. La gastronomía da mucho de si, y las especialidades «patrióticas» más todavía. La paella, como uno de los estandartes de la marca España, suele salir de cuando en cuanto a rendir cuentas en estos reportajes donde se destacan sus virtudes.

Lo que siempre me ha sorprendido, sobre todo en los programas de radio y televisión, es que en las intervenciones de los especialistas de turno y de los entrevistados valencianos es la férrea defensa que se hace de la receta canónica, es decir, la que solo incorpora pollo, conejo, tomate, judía verde, judiones (ojo, Phaseolus lunatus, nada de Phaseolus coccineus y menos aún Phaseolus vulgaris) sal, aceite, agua y por supuesto azafrán y arroz (bomba, por supuesto), creo que no me falta ni sobra nada. Todo lo que no sea eso, y cocinado como se cocina la paella valenciana, afirman, no se puede llamar paella. Se le echará lo que sea, y estará para chuparse los dedos, pero no es paella, es un arroz. Punto.

Luego vienen las polémicas, a veces agrias, sobre que si todo lo que se hace en una paella (la sarten de bordes altos e inclinados con asas en vez de mango) es, propiamente, paella, que si es aberrante ponerle marisco o costillas de cerdo, que si esto, que si lo otro... Particularmente solo suelo coincidir en que lo del chorizo de las Spanish Paella si es verdaderamente vergonzante, un recurso facilón de guiris metidos a cocinillas para darle más «españolidad» a su arroz.

Como digo, todo esto me sorprende mucho porque uno ha crecido en la cultura del cocido madrileño (es lo que tiene ser de Vallecas) donde es casi imposible encontrar dos cocidos iguales, de hecho no existe una receta canónica como tal, incluso cada restaurante especializado (Lardhy, Casa Carola, La bola...) añade esto, sustrae lo otro sin que el cocido pierda ni un ápice de su personalidad.

El cocido madrileño tiene como ingrediente fundamental y diferencial el garbanzo, que se cuece a fuego lento (también valen las ollas rápidas) junto a chazinas como chorizo, jamón, y tocino (morcilla no, eso es más propio de los pucheros del norte de España) incluso oreja de cerdo, y carnes varias: morcillo, pollo, gallina, albóndigas (dígase pelota y tiene su propia elaboración) y huesos de vaca, además de verduras y hortalizas como patatas, zanahorias, judías verdes o repollo.

Ahora, de estos tres grupos, elija lo que mejor le parezca (hemos dicho que el garbanzo va, si o si) échelo al puchero, deje cocer unas cuántas horas y ya tiene cocido madrileño, si bien, según la casa va el gusto. En mi familia no se ha estilado la pelota y normalmente se elije la gallina antes que el pollo, la patata suele estar presente, pero la judía verde y el repollo tienen apariciones anecdóticas y testimoniales, el morcillo y las puntas de jamón son apreciadas y disputadas, así como el taco de tocino que se trocea y remoja con ansia en el pan.

Luego está la forma de comerlo, los vuelcos (platos) tradicionales son la sopa, los garbanzos y por último las carnes, pero el orden no es estricto, hay quien se echa los garbanzos en la sopa y añade hilachas de alguna carne (pollo, gallina o morcillo), e incluso miga algo de pan, hay quien prefiere solo el caldo, sin fideos (me consta que hay quien hace la sopa con arroz, en vez de fideos, aunque ese suele ser un plato aparte hecho con las sobras) El acompañamiento también es importante, la cebolleta (y hasta la cebolla cruda) es un complemento habitual a los garbanzos y las carnes, y el gusto por el tomate frito acompañando a los garbanzos también está bastante extendido, por no hablar de variantes de las que no tengo noticia.

Yo, particularmente, separo cuidadosamente el caldo de los fideos (si, se puede hacer) me salto los garbanzos (no son santo de mi devoción) y ataco las carnes a saco, con especial atención a la punta de jamón, morcillo y tocino. Las verduras las mordisqueo, dependiendo del estado de ánimo.

Lo bueno del cocido es que se adapta a casi cualquier dieta ¿problemas con el colesterol? No pasa nada, olvídese del chorizo el tocino y del resto, échese solo lo magro. ¿cocido kosher o halal? prescíndase por completo del cerdo e incorpórense las carnes adecuadamente sacrificadas ¿cocido vegetariano? Prescíndase de todas las carnes ¿problemas con los meteorismos? olvídese de las verduras y modere la ingesta de garbanzos.

Por si esto fuera poco, los cocidos suelen pecar de generosos y queda mucho en pucheros y fuentes. No hay problema, se puede estar comiendo de un cocido un par de días, con el caldo hay para hacer sopas (típica la mencionada de arroz) los garbanzos se sofríen con algo de cebolla, las carnes se desmenuzan para hacer croquetas. Todo perfectamente reciclable, solo quedan los huesos.

En resumen, dentro de un amplio abanico de ingredientes (cocina de pobres, al puchero va lo que se tiene), unas mínimas restricciones identitarias (garbanzo obligatorio, morcilla nunca) y una forma de comer ordenada pero flexible, el cocido madrileño nunca ha estado rodeado por una polémica ni de lejos parecida a la paellil.

Edición del 4 de octubre de 2016: Comentando la cuestión con amigos y conocidos me apuntan que a los ingredientes relacionados para la paella también hay que añadir caracoles (limpios, por supuesto). En cuanto al cocido, también me han apuntado que en según que casas la morcilla no puede faltar, aunque es rarísimo encontrarla en los cocidos de restaurante, y en cuanto al garbanzo  si bien es canónico tampoco es obligatorio, porque en caso de estricta necesidad (recordemos que es comida de pobres, al puchero va todo lo que se tenga a mano) y si no hay garbanzos, cualquier otra legumbre también sirve, aunque quizá ya no sea tan propio llamarlo cocido madrileño. 

Edición del 30 de diciembre de 2016: Hace poco, oyendo por la radio la enésima discusión paellil, caí en la cuenta de que otra prueba de la flexibilidad y versatilidad del cocido madrileño frente a la paella valenciana es el recipiente donde se cocina. La paella no es paella si no se hace, propiamente, en una paella, aunque he notado que incluso en Valencia, y dependiendo de donde y a quien se pregunte, se le llama paella, caldero o sartén. Pucheros y ¡Ah! ¡Oh! ollas a presión, están vedados y malditos. El cocido no tiene ese problema. Aunque es comúnmente aceptado que el cocido «gourmet» debe ser cocinado en una orza alta de barro sobre brasas a fuego lento, quedan muy pocos sitios donde se haga así (La bola, por ejemplo). Lo normal  es usar lo que se tiene a mano o dicta la costumbre familiar, sirve por supuesto la citada orza de barro, pero también pucheros de hierro, cacerolas de aluminio o acero, ollas a presión y, en general, cualquier recipiente de al menos litro y medio de capacidad que se pueda poner sobre una fuente de calor sin romperse ni fundirse.   

miércoles, 18 de junio de 2014

El «diálogo» ¡Ja!


Continuamente se escucha en los medios a políticos de relumbrón reclamar «diálogo» sobre temas controvertidos y escabrosos. Lo indecente del asunto es que quien propone un «diálogo» en realidad quiere decir: «te voy a contar como quiero que se hagan las cosas y punto, no hay nada más que hablar sobre el tema». El tono y las formas de reclamar «diálogo» son diáfanas, de dialogar nada, de imponer todo, como mucho, intercambiar puntos de vista, pero sin ninguna voluntad de profundizar en ellos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Gran cena internacional


Entrantes

Comida

  • Lomo de recebo
  • Chorizo cular
  • Salchichón payés
  • Boquerones en vinagre
  • Anchoas
  • Patatas rueda
  • Crujientes picantes
  • Gusanitos gordos
  • Bolas de queso
  • Patatas fritas (varios sabores)

Bebida

  • Protos blanco, 2012
  • Maohu clásica
  • Coca-cola
  • Tinto de verano
  • Trinaranjus naranja

    Cena

Comida

  • Kebab de pollo sin cebolla con patatas fritas
  • Kebab de pollo-cordero con patatas fritas
  • Shawarma de pollo-cordero
  • Arroz tres delicias
  • Tallarines con gambas
  • Rollitos primavera
  • Pollo al limón
  • Ternera al tipan

Bebida

  • Señorío de los Llanos blanco, 2012
  • Coca-cola
  • Tinto de verano
  • Trinaranjus naranja

Postres

  • Bizcocho de fresa
  • Brazo gitano de chocolate

Sobremesa

  • Crema de orujo
  • Legendario
  • Malibú con piña
  • Gin tonic

lunes, 27 de mayo de 2013

Gilipollas a cerebro descubierto



Dicho finamente: hay cosas que me dejan ojiplático.

Dicho a lo bestia: hay cosas que me confirman que sobran gilipollas y que faltan balas.

El caso es que el ministro español del ramo ha decidido que los ciclistas, en vía urbana, han de llevar caso obligatoriamente. El casco de ciclista es un cacho de corcho blanco (poliestireno, y tal) bien compactado, propiamente de la forma de la cabeza, y mayormente cubierto por una carcasa de plástico más o menos duro.

Eso, visto así, no parece que proteja mucho de nada.

Falso.

Un servidor de ustedes se ha pegado unas cuantas hostias en bici. A distintas velocidades y en distintas circunstancias. Siempre con el casco bien ajustado, y gracias a eso, en al menos tres ocasiones (un sembrao, y más importante, ante un autobús urbano y en una rotonda)  el casco me ha salvado de sufrir algo más que rozaduras, magulladuras y lesiones en el orgullo.

El caso es que asociaciones de ¿ciclistas? y algún que otro paniaguado se ha puesto a clamar en contra de la citada disposición del ministro. ¿Razones? Que si pesa, que si es incómodo, que si inhibe del uso de la bici, que si la estadística de accidentados no es tan importante, que si soy gilipollas, tonto del culo, mascachapas, mogolo, tarao y mayormente descerebrao. Cuestión esta última que confirma que efectivamente no necesitan casco. No hay nada que proteger.

Un inciso: como cualquier ciclista experimentado sabe las hostias en invierno duelen menos que en verano.

¿Qué?

Si, amiguetes, en invierno, por eso del frío, vas forrado, con cuatro capas de ropa y alguna que otra prenda consistente. Te caes, te magullas, pero lo peor, que son las quemaduras contra el asfalto o la tierra, apenas se sufren. En verano, muchísimo más ligero de rora, esa misma hostia implica, fundamentalmente, toda una serie de excoriaciones bastante dolorosas que tardan, mucho, en sanar. Por eso del roce de la piel desnuda contra el suelo. Algo precioso y para recordar  Pues si la mínima protección de la ropa resguarda de malos mayores… ¿qué clase imbécil puede graznar en contra de una protección que previene males aún mayores como la conmoción cerebral y la fractura craneal? Pues eso. Un imbécil.

Por definición, salir en la bici en un medio hostil como es el urbano requiere la mayor cantidad de protección posible. Eres un híbrido de peatón y vehículo de apenas cien kílos incrustado entre masas de una tonelada a, como mínimo, el doble de velocidad de la que puedes alcanzar. La física es lo que es: tienes la de perder, y todas las barreras entre la tonelada y tu son pocas. No descartes ninguna.

Solo un gilipollas que nunca ha estado despatarrado en mitad de la calzada con un autobús echándosele encima, o un gilipollas que nunca ha visto como le reventaba la rueda trasera a las seis de la tarde en una rotonda llena de vehículos, o un gilipollas que nunca ha aterrizado de cabeza (literalmente) en un sembrao, puede oponerse al uso de casco en sus desplazamientos en bici.

Las personas prudentes, ni se lo plantean.

jueves, 18 de octubre de 2012

Imbecilidades notables, parte enésima.

De cuando en cuando, en contestación a la revitalización del nacionalismo catalán, se revitaliza a su vez al antinacionalismo catalán (que por allí llaman nacionalismo español por hacer de rabiar, aunque en realidad resultan ser dos cosas distintas) y como acción directa y más visible de esa reacción es el llamamiento al boicot de los productos catalanes.

Para promover algo así hace falta ser idiota profundo dentro de la idiotez congénita que demuestran los promotores de tales iniciativas.

Si de lo que se trata es de convencer a los catalanes de que ser parte integrante de España es mejor que ir de por libre, creo que resulta obvio que no es precisamente recomendable pegarles una patada en los cojones antes de empezar a hablar.

Piénselo: si cuando se emancipó sus padres le hubieran pegado una paliza para convencerle de lo contrario, tenga por seguro que habría arriesgado vida y hacienda saltando de azotea en azotea, huyendo bien lejos para no volver a exponerse a tales "razonamientos".

En el caso catalán de lo mismo hablamos. No hay nada que refuerce más un sentimiento secesionista que saberse malquerido dentro de la unidad a la que se pertenece. Si yo fuera catalán me sentiría ofendido y agredido por esos llamamientos descerebrados al boicot, y cuanto antes huyera de ese maltrato más tranquilo respiraría.

Reflexione: si es cierto que quiere a Cataluña como parte España ¿no serán mejor las demostraciones de cariño y simpatía antes que las de odio y desprecio? Pensar lo contrario no solo creo que sea señal de idiocia profunda, sino además muestra de un perverso desequilibrio que habría que hacerse mirar por un especialista en cosas de la mente.

PD: Siempre queda la explicación de que tales campañas salen directamente de los comités de propaganda del más radical nacionalismo catalán, precisamente con la intención reseñada "Si conseguimos que nos odien, más adeptos haremos para la causa entre los indecisos e indiferentes".

jueves, 17 de mayo de 2012

Pánico y órdagos

Como la mitad de los madrileños, y muchos españoles, tengo todo mi dinero en Bankia. Dinero ahorrado tras casi treinta años de trabajo y que, si hacemos caso de los agoreros, está a punto de volatilizarse a causa de los últimos vaivenes de esta crisis que no termina de ver el final del túnel. Ahora el problema es decidir que hacer. Si dejarme llevar por el pánico, hacer caso de los malos augurios y echar un órdago a la chica sacando todo de ahí (para meterlo ¿dónde? Si cae Bankia ¿que entidad puede ofrecer confianza?) o mantener la calma y echar un órdago a la grande no dejando crecer a estas profecías autocumplidas (si todo el mundo se cree que esto va a ser un descalabro y saca su dinero… ¡¡¡convertirá en auténtico descalabro lo que de momento es solo un rumor!!!)

Está escrito: jugador de chica, perdedor de mus.


viernes, 25 de marzo de 2011

ARROZ FRITO A LA CANTONESA (O TRES DELICIAS)

El “arroz tres delicias” es una receta china que está tan presente entre nosotros que no es extraño encontrársela como primer plato en muchos restaurantes españoles, como plato precocinado de marcas famosas o incluso formando parte de los menús de las casas particulares de nuestro país.

Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, lo que hemos hecho es “españolizar” el plato y adaptarlo a nuestra forma de ver la cocina. Bien por gusto, bien por desconocimiento de la receta original. El “arroz tres delicias” que solemos consumir los españoles es, básicamente, un arroz blanco al que se le añaden guisantes, jamón york y tortilla francesa en pequeños trozos. Pero, por muy rico que nos salga, lo cierto es que no sabe igual que el que preparan en los restaurantes orientales, aunque le añadamos salsa de soja.

Yo siempre me pregunté por qué y traté de buscar la receta original china, que no podía ser muy complicada, tratándose de cocina tradicional. Como suele ocurrir, me tropecé con cien mil versiones, cada una más heterodoxa que la anterior y todas afirmando ser “el auténtico arroz tres delicias”. Pero yo no quería las versiones occidentales de la “generación Thermomix”, quería saber cómo lo preparaba la abuela Cheng en sus fogones, así que seguí investigando.

De modo que me puse a bucear en libros de cocina especializados y páginas web cada vez más raras. Resultó que la cosa era tremendamente complicada. La base de la receta es el arroz frito, al que se le añaden diversos ingredientes, y parece que es común en Asia. A partir de ahí hay diversas variaciones regionales.

Lo que sigue es el resultado de lo que he ido entresacando aquí y allá y, sobre todo, de lo que he experimentado yo mismo en la cocina, que es la mejor forma de aprender. El resultado, según las personas que lo han probado, es indistinguible del que sirven en los restaurantes chinos, que en el fondo era lo que yo pretendía.

Lo primero que debéis hacer es cambiar el chip. Olvidáos de cómo os enseñó mamá a hacer el arroz tres delicias. Esta receta es parecida pero el método de elaboración es ligeramente diferente. En realidad, bastante diferente. Como de lo que se trata es de hacer un arroz chino, necesitaréis ingredientes chinos. En la actualidad son muy sencillos de encontrar porque hay varias tiendas de productos orientales. Aquí, en Madrid, en la plaza de Soledad Torres Acosta hay un supermercado llevado por chinos con una zona de comida oriental. No está mal, aunque donde yo hago mis compras es en Ta Tung Universal, en la calle Mozart número 5 (pegadito al centro comercial Príncipe Pío). Si vivís en Madrid os recomiendo esa tienda.

Cosas que vais a necesitar:

1.- Wok. A estas alturas no necesita presentación esa sartén oriental tan práctica.

2.- Aceite de cacahuete o soja. El aceite de cacahuete es el que yo uso, porque no aporta ningún sabor a los alimentos. Y es barato: la botella de litro cuesta un euro y algo. Si no se encontrase ninguno de los dos, servirá aceite de girasol. No uséis oliva porque da mucho sabor al plato y le da un regustillo español que en este caso no deseamos.

3.- Salsa de soja.

4.- Arroz jazmín. En España preparamos nuestro arroz tres delicias con el arroz de grano corto que usamos para la paella, pero eso no es correcto. Debe usarse un arroz de grano largo, que además engorda menos. El arroz jazmín se encuentra fácilmente en cualquier tienda de las descritas anteriormente. Su principal característica es su intenso aroma.

3.- Zanahoria en tiras.

4.- Brotes de soja.

5.- Jamón york. La receta original lleva bacon chino, pero yo no lo he encontrado.

5.- Huevos.

6.- Cualquier otro elemento que se quiera echar: guisantes, gambas...

7.- Un cazo de servir.

Con todo ello preparado, cortadito y listo (ya sabéis que el wok no te deja esperar), os ponéis manos a la obra.

Lo primero, el arroz. Para medirlo, yo uso una tacita diminuta que me dio mi madre. Una tacita de arroz por cada comensal. Cada cual use la cantidad que quiera. Ponemos el arroz en un colador grande y lo lavamos debajo del grifo, con agua abundante, para que pierda el almidón. Cuando el agua deje de salir turbia, está listo. Ponemos el arroz a secar.

Para la proporción de agua y los tiempos de cocción, consultad las instrucciones del paquete, porque a veces varían.

Cuando el arroz esté seco, echamos un poco de aceite en el wok y ponemos el fuego fuerte. Cuando el aceite esté caliente echamos el arroz y lo marcamos durante un minuto, sin dejar de remover. A continuación, el agua (generalmente, tres partes por cada una de arroz, pero como digo es mejor consultar el paquete). No echéis sal. Cuando comience la ebullición, bajad el fuego casi al mínimo, ponedle la tapa al wok y dejadlo 20 minutos (o lo que os digan las instrucciones del paquete). Mientras cuece, olisquead y sabréis por qué le llaman “arroz jazmín”. Comenzaréis a babear.

Mientras se hace, cogéis 2 ó 3 huevos (cantidad a gusto) y hacedlos revueltos, no demasiado hechos. Sí, huevos revueltos. El arroz frito tres delicias no lleva tortilla francesa. Si no me creéis, fijaos bien la próxima vez que vayáis a un restaurante chino. No es tortilla.

Dejáis el huevo revuelto aparte.

Cuando apartéis el arroz, dejadlo 5 minutos con la tapa puesta para que acabe de hacerse. Después apartáis el arroz, limpiáis el wok con papel de cocina, echáis más aceite y volvéis a poner el fuego al máximo. Ahora freiréis la zanahoria, los brotes de soja, el jamón york y cualquier otro ingrediente que vayáis a usar. No los echéis todos de golpe porque tienen diferentes tiempos.

Los apartáis y volvéis a echar aceite en el wok. Cuando esté caliente, echáis el arroz (porque es arroz frito tres delicias) y lo freís sin dejar de remover. Agregáis el huevo revuelto, dejáis la paleta a un lado y cogéis el cazo de servir. Esto parece raro, pero hacedme caso y os irá bien. Hay que revolver el arroz con el huevo, y la idea no es que se quede suelto al estilo español, sino aglutinado y pegadito. Recordad que la receta es china y es endemoniadamente difícil comerse el arroz con palillos si los granos bailan.

Para conseguir esa textura, hay que revolver con el cazo sin parar, y luego aplastar la mezcla con la parte exterior del cazo, dejar unos segundos y luego revolver de nuevo. Hay vídeo en Youtube donde muestran cómo hacerlo. Es fácil, podéis creerme.

Echáis después las verduras, removéis para que se mezclen los sabores y echáis salsa de soja. No rectifiquéis de sal hasta echar la salsa, porque ésta es salada.

Y ya sólo queda servirlo a la mesa. Buen provecho.