jueves, 22 de noviembre de 2018

Chasco, casi trauma, cervecero

Tengo pocas manías con la cerveza. Las únicas que no bebo son las Sin. Pero por una simple cuestión filosófica, de igual modo que tampoco tomo café descafeinado.

Pero como todo el mundo tengo mis cervezas de referencia: Mahou Cinco Estrellas y Grimbergen Optimo Bruno. Llámese gusto adquirido, factor ambiental o costumbre.

Para cañear y tomarme una cervecita fresca, Cinco Estrellas de tercio, botellín o bote, y si es de barril, jamás en vaso de tubo. Tampoco tengo problemas con la temperatura. Hay quien mata la cerveza exigiéndola helada. Para eso te tomas un vaso de agua con hielo.

Luego, para tomarme una copa de noche, la Optimo Bruno… o más Cinco Estrellas.

Pero lo dicho, en baretos de barrio no me pongo tonto y como la Optimo Bruno tampoco es de esas cervezas que se encuentran en todos los sitios, con lo que haya me conformo. A no ser que sea Guiness. No me gusta el regaliz. Hasta la Mahou Negra es mejor.

Sin embargo, de cuando en cuando experimento. La semana pasada se me ocurrió comprar una Mahou Barrica Bourbon, la dejé enfriando cinco días y... ayer, en la cena, mi mujer bizqueó cuando vacié la copa en el fregadero.

Quien me conozca sabe que eso es una de las últimas cosas que haría. Tirar cerveza por el desagüe. Sacrilegio.

Pero con ese brebaje no pude.

He intentado buscar algo que se le parezca a ese sabor, y a lo que más me recuerda es al Sueroral Hiposódico. Si, así de asquerosa me supo.

No se si habré tenido mala suerte y por algún extraño motivo esa botella en concreto estaba estropeada (hace años que no me pasa algo así), pero no se yo, estaba bien de espuma, burbujeaba, así que aparentemente estaba en buen estado.

Así que solo me queda pensar que la Barrica Bourbon es la peor cerveza que ha fabricado nunca Mahou.

jueves, 2 de marzo de 2017

El Efecto Streisand y los autobuses naranja

Hace años, Barbra Streisand (recuerden que la ortografía del nombre es incorrecta a propósito) se metió en un charco al intentar evitar la divulgación de ciertas informaciones privadas en Internet. Al final la cosa le salió fatal porque no solo los datos no desaparecieron, sino que se copiaron y replicaron a la velocidad de la luz consiguiendo que todo quisqui tuviera conocimiento y acceso a ellos. 

Es lo que se ha dado en llamar «Efecto Streisand»: en estos tiempos de redes y comunicaciones casi instantáneas, cuando más trates de ocultar y eliminar algo ya publicado, más posibilidades hay de que se propague de forma incontrolable y alcance infinitamente más publicidad y difusión de lo que hubiera sido natural.

Para luchar contra esas publicaciones hay un método sencillo, en primer lugar, e importante no hacerse eco de ellas, ni confirmarlas ni desmentirlas, de ese modo no se publicita la propia información, que acabará rápidamente sepultada por trillones de nuevos bits.

Por otro, lanzar información contradictoria al respecto, de modo que la calidad del dato acabe por diluirse en la confusión de la cantidad. En el caso de la señora Streisand, no solo no tendría que haber dicho nada al respecto, ciertas fotos de su casa, creo recordar, sino que además tendría que haber hecho publicar fotos de otras casas con la afirmación de que eran la suya. Al cabo del tiempo no habría forma de distinguir su verdadera casa de las «falsas» Solo una visita al registro de la propiedad habría certificado la noticia auténtica, pero… ¿quién investiga hoy día la veracidad de las informaciones?

A lo largo del tiempo hemos sido testigos de muchos «Efectos Streisand», incluso publicistas espabilados lo han usado como herramienta de trabajo. Crean una campaña publicitaria deliberadamente polémica para que el colectivo de turno brinque como un gato con el rabo quemado y, automáticamente, la campaña salta desde los oscuros espacios publicitarios a los que presupuestariamente podía aspirar, a las primeras páginas de los medios y los minutos «de oro» de los informativos. El publicista contento, el colectivo más cabreado todavía, y el anunciante satisfecho. Siendo sinceros ¿alguien se cree que las pataletas de un colectivo minoritario de nombre enrevesado van a calar en la memoria colectiva más que marca anunciada? La marca se encuentra día a día en las estanterías de los supermercados, los nombres enrevesados de colectivos minoritarios, no.

El último «Efecto Streisand» ha tenido lugar en Madrid a cuenta de un autobús de la asociación de carácter religioso Hazte oír. En el autobús, pintado de un brillante color naranja, aparece la leyenda «Los niños tienen pene. La niñas tienen vulva. Que no te engañen» Ante esto, asociaciones pro sexualidad diversa, asociaciones bienpensantes, y el propio Ayuntamiento y hasta la Comunidad de Madrid han reaccionado como si les hubieran metido un cohete por el culo, en una demostración de poca templanza institucional que bien se podía demostrar con más frecuencia en problemas más perentorios. 

Por supuesto, todos los medios, grandes  y pequeños, telediarios, tertulias radiofónicas y hasta este blog se han hecho eco del mensaje del autobús. «Efecto Streisand» de manual y triunfo arrasador de Hazte oír, su mensaje no ha quedado limitado al más o menos largo recorrido que hubieran efectuado por las ciudades que tenían previstas, ha tenido repercusión nacional, ha generado debate más allá de la intención original, cuestionando el propio principio de la libertad de expresión y de conciencia. 

Con lo fácil que hubiera sido ignorar el dichoso autobús, dejar que diera sus vueltas de acá para allá y que dentro de quince días nadie se acordara de él. Pero no, había que armar escándalo y darle publicidad gratuita, teniendo además que dar explicaciones complejas para «desactivar» un mensaje simple.

Enhorabuena, campeones.

martes, 3 de mayo de 2016

Por qué odio las batucadas.

Las batucadas siempre me han dado mucho asco.

Es empezar a oír el tamborreo ese y se me hincha la vena, la bilis me sube por la garganta y un gruñido animal me sale de las tripas.

Curiosamente, ese efecto solo me lo provocan las batucadas jipis, ya sabe usté, esas que se han puesto tan de moda en España de unos años a esta parte entre ese colectivo al que se le da por llamar perroflauta. Sin embargo, si me encuentro en la tele a Carlinhos Brown dale que te pego al frente de un montón de brasileiros rumbosos solo me aburre, no es el tipo de música que me vaya, la verdad.

Pero con esas batucadas perroflauteras... No sabía por qué las odiaba tanto. Algo que ver con las frecuencias bajas y todo eso, pensaba yo, pero no, no era eso.

Allá por 2011 vivía en una calle peatonal, y un día, debajo de mi casa, se organizó la cabecera de una manifestación de apoyo al 15M. Un montón de gente, pancartas, banderas, en principio todo muy festivo, entonces aparecieron ellos, un nutrido grupo de atambores mayormente vestidos de brillantes colores y predominio de la rasta. Cuando empezaron a aporrear sus instrumentos al frente de la manifa y todos ellos se fueron perdiendo calle arriba lo entendí.

Esas batucadas son una puta banda militar, que digo militar, son una banda de batalla.

¿Qué no? ¡Ja! Solo les faltan las cornetas y lo pífanos. Fue empezar aquella manifa, ver avanzar, prietas las filas, a pancarteros y manifestantes tras bombos y tarolas y venírseme a la memoria la banda con la que durante el CIR nos marcaban el paso para que el orden cerrado fuera eso, ordenado y cerrado.

Además van a paso legionario, tamborreando con brío para amedrentar a las viejas y enardecer a la masa que les sigue y piense poco, o por lo menos se centre en lo que la organización dice que tienen que pensar.

Desde entonces esto de las batucadas no solo me da mucho asco. También mucho, mucho miedo.

jueves, 1 de octubre de 2015

La idiotez del «coaching»

Esta es una lucha perdida desde que el latín fue latín, pero eso no evita que de cuando en cuando haya cosas que me ponen de un humor muy especial.

Llevamos de unos años a esta parte oyendo hablar de los «coach» y el «coaching» y da la impresión de ser algo genial y formidable, total, se trata de ayudar a otras personas, ya sea de grado o previo pago, a mejorar y así alcanzar sus objetivos o colmar sus ilusiones. Obviamente eso no es ninguna idiotez, la formación y el enderezar hábitos incorrectos o descuidados es fundamental para cualquiera.

Lo que es una soberana gilipollez es llamar «coaching» a eso y «coach» a quien lo ejerce. Que si, que los palabros en inglis dan más empaque a las cosas, pero cuando de toda la vida se han usado buenas palabras castellanas como formador, tutor, asesor, supervisor y sus correspondientes formas verbales: formar, tutorizar, asesorar, supervisar, que además implican en cada caso una sutil diferencia de actitud y relación entre pupilo y adiestrador («el que hace diestro», que no es necesariamente sinónimo de domador), querer sustituirlas por algo tan laxo y poco comprometido, como es el «coaching» nos devuelve de nuevo a la bobería manifiesta del colonizado con muy poca personalidad y aún menos memoria, porque no lo olvidemos: todas estas invasiones idiomáticas vienen por una parte desde la pijería exclusivista del que se quiere distinguir a base de rarezas más o menos justificadas, y por otra de la ignorancia del común de a pie, al que no se le ha enseñado correctamente su idioma.

Porque una cosa es importar y adoptar expresiones para conceptos nuevos o que acortan de forma significativa según que denominaciones, y otras cambiar por la tontería de cambiar. Las primeras las acepto y uso, las segundas me resultan de lo más gilipollesco.

Ya se sabe, si los tontos volaran...


jueves, 30 de julio de 2015

El cocido y la paella

Normalmente el verano suele estar marcado por la falta de noticias relevantes (calores y locos estacionales aparte) y los medios se esfuerzan por rellenar minutos y páginas con reportajes que van de lo estrambótico a lo muy sobado. La gastronomía da mucho de si, y las especialidades «patrióticas» más todavía. La paella, como uno de los estandartes de la marca España, suele salir de cuando en cuanto a rendir cuentas en estos reportajes donde se destacan sus virtudes.

Lo que siempre me ha sorprendido, sobre todo en los programas de radio y televisión, es que en las intervenciones de los especialistas de turno y de los entrevistados valencianos es la férrea defensa que se hace de la receta canónica, es decir, la que solo incorpora pollo, conejo, tomate, judía verde, judiones (ojo, Phaseolus lunatus, nada de Phaseolus coccineus y menos aún Phaseolus vulgaris) sal, aceite, agua y por supuesto azafrán y arroz (bomba, por supuesto), creo que no me falta ni sobra nada. Todo lo que no sea eso, y cocinado como se cocina la paella valenciana, afirman, no se puede llamar paella. Se le echará lo que sea, y estará para chuparse los dedos, pero no es paella, es un arroz. Punto.

Luego vienen las polémicas, a veces agrias, sobre que si todo lo que se hace en una paella (la sarten de bordes altos e inclinados con asas en vez de mango) es, propiamente, paella, que si es aberrante ponerle marisco o costillas de cerdo, que si esto, que si lo otro... Particularmente solo suelo coincidir en que lo del chorizo de las Spanish Paella si es verdaderamente vergonzante, un recurso facilón de guiris metidos a cocinillas para darle más «españolidad» a su arroz.

Como digo, todo esto me sorprende mucho porque uno ha crecido en la cultura del cocido madrileño (es lo que tiene ser de Vallecas) donde es casi imposible encontrar dos cocidos iguales, de hecho no existe una receta canónica como tal, incluso cada restaurante especializado (Lardhy, Casa Carola, La bola...) añade esto, sustrae lo otro sin que el cocido pierda ni un ápice de su personalidad.

El cocido madrileño tiene como ingrediente fundamental y diferencial el garbanzo, que se cuece a fuego lento (también valen las ollas rápidas) junto a chazinas como chorizo, jamón, y tocino (morcilla no, eso es más propio de los pucheros del norte de España) incluso oreja de cerdo, y carnes varias: morcillo, pollo, gallina, albóndigas (dígase pelota y tiene su propia elaboración) y huesos de vaca, además de verduras y hortalizas como patatas, zanahorias, judías verdes o repollo.

Ahora, de estos tres grupos, elija lo que mejor le parezca (hemos dicho que el garbanzo va, si o si) échelo al puchero, deje cocer unas cuántas horas y ya tiene cocido madrileño, si bien, según la casa va el gusto. En mi familia no se ha estilado la pelota y normalmente se elije la gallina antes que el pollo, la patata suele estar presente, pero la judía verde y el repollo tienen apariciones anecdóticas y testimoniales, el morcillo y las puntas de jamón son apreciadas y disputadas, así como el taco de tocino que se trocea y remoja con ansia en el pan.

Luego está la forma de comerlo, los vuelcos (platos) tradicionales son la sopa, los garbanzos y por último las carnes, pero el orden no es estricto, hay quien se echa los garbanzos en la sopa y añade hilachas de alguna carne (pollo, gallina o morcillo), e incluso miga algo de pan, hay quien prefiere solo el caldo, sin fideos (me consta que hay quien hace la sopa con arroz, en vez de fideos, aunque ese suele ser un plato aparte hecho con las sobras) El acompañamiento también es importante, la cebolleta (y hasta la cebolla cruda) es un complemento habitual a los garbanzos y las carnes, y el gusto por el tomate frito acompañando a los garbanzos también está bastante extendido, por no hablar de variantes de las que no tengo noticia.

Yo, particularmente, separo cuidadosamente el caldo de los fideos (si, se puede hacer) me salto los garbanzos (no son santo de mi devoción) y ataco las carnes a saco, con especial atención a la punta de jamón, morcillo y tocino. Las verduras las mordisqueo, dependiendo del estado de ánimo.

Lo bueno del cocido es que se adapta a casi cualquier dieta ¿problemas con el colesterol? No pasa nada, olvídese del chorizo el tocino y del resto, échese solo lo magro. ¿cocido kosher o halal? prescíndase por completo del cerdo e incorpórense las carnes adecuadamente sacrificadas ¿cocido vegetariano? Prescíndase de todas las carnes ¿problemas con los meteorismos? olvídese de las verduras y modere la ingesta de garbanzos.

Por si esto fuera poco, los cocidos suelen pecar de generosos y queda mucho en pucheros y fuentes. No hay problema, se puede estar comiendo de un cocido un par de días, con el caldo hay para hacer sopas (típica la mencionada de arroz) los garbanzos se sofríen con algo de cebolla, las carnes se desmenuzan para hacer croquetas. Todo perfectamente reciclable, solo quedan los huesos.

En resumen, dentro de un amplio abanico de ingredientes (cocina de pobres, al puchero va lo que se tiene), unas mínimas restricciones identitarias (garbanzo obligatorio, morcilla nunca) y una forma de comer ordenada pero flexible, el cocido madrileño nunca ha estado rodeado por una polémica ni de lejos parecida a la paellil.

Edición del 4 de octubre de 2016: Comentando la cuestión con amigos y conocidos me apuntan que a los ingredientes relacionados para la paella también hay que añadir caracoles (limpios, por supuesto). En cuanto al cocido, también me han apuntado que en según que casas la morcilla no puede faltar, aunque es rarísimo encontrarla en los cocidos de restaurante, y en cuanto al garbanzo  si bien es canónico tampoco es obligatorio, porque en caso de estricta necesidad (recordemos que es comida de pobres, al puchero va todo lo que se tenga a mano) y si no hay garbanzos, cualquier otra legumbre también sirve, aunque quizá ya no sea tan propio llamarlo cocido madrileño. 

Edición del 30 de diciembre de 2016: Hace poco, oyendo por la radio la enésima discusión paellil, caí en la cuenta de que otra prueba de la flexibilidad y versatilidad del cocido madrileño frente a la paella valenciana es el recipiente donde se cocina. La paella no es paella si no se hace, propiamente, en una paella, aunque he notado que incluso en Valencia, y dependiendo de donde y a quien se pregunte, se le llama paella, caldero o sartén. Pucheros y ¡Ah! ¡Oh! ollas a presión, están vedados y malditos. El cocido no tiene ese problema. Aunque es comúnmente aceptado que el cocido «gourmet» debe ser cocinado en una orza alta de barro sobre brasas a fuego lento, quedan muy pocos sitios donde se haga así (La bola, por ejemplo). Lo normal  es usar lo que se tiene a mano o dicta la costumbre familiar, sirve por supuesto la citada orza de barro, pero también pucheros de hierro, cacerolas de aluminio o acero, ollas a presión y, en general, cualquier recipiente de al menos litro y medio de capacidad que se pueda poner sobre una fuente de calor sin romperse ni fundirse.   

miércoles, 18 de junio de 2014

El «diálogo» ¡Ja!


Continuamente se escucha en los medios a políticos de relumbrón reclamar «diálogo» sobre temas controvertidos y escabrosos. Lo indecente del asunto es que quien propone un «diálogo» en realidad quiere decir: «te voy a contar como quiero que se hagan las cosas y punto, no hay nada más que hablar sobre el tema». El tono y las formas de reclamar «diálogo» son diáfanas, de dialogar nada, de imponer todo, como mucho, intercambiar puntos de vista, pero sin ninguna voluntad de profundizar en ellos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Gran cena internacional


Entrantes

Comida

  • Lomo de recebo
  • Chorizo cular
  • Salchichón payés
  • Boquerones en vinagre
  • Anchoas
  • Patatas rueda
  • Crujientes picantes
  • Gusanitos gordos
  • Bolas de queso
  • Patatas fritas (varios sabores)

Bebida

  • Protos blanco, 2012
  • Maohu clásica
  • Coca-cola
  • Tinto de verano
  • Trinaranjus naranja

    Cena

Comida

  • Kebab de pollo sin cebolla con patatas fritas
  • Kebab de pollo-cordero con patatas fritas
  • Shawarma de pollo-cordero
  • Arroz tres delicias
  • Tallarines con gambas
  • Rollitos primavera
  • Pollo al limón
  • Ternera al tipan

Bebida

  • Señorío de los Llanos blanco, 2012
  • Coca-cola
  • Tinto de verano
  • Trinaranjus naranja

Postres

  • Bizcocho de fresa
  • Brazo gitano de chocolate

Sobremesa

  • Crema de orujo
  • Legendario
  • Malibú con piña
  • Gin tonic

lunes, 27 de mayo de 2013

Gilipollas a cerebro descubierto



Dicho finamente: hay cosas que me dejan ojiplático.

Dicho a lo bestia: hay cosas que me confirman que sobran gilipollas y que faltan balas.

El caso es que el ministro español del ramo ha decidido que los ciclistas, en vía urbana, han de llevar caso obligatoriamente. El casco de ciclista es un cacho de corcho blanco (poliestireno, y tal) bien compactado, propiamente de la forma de la cabeza, y mayormente cubierto por una carcasa de plástico más o menos duro.

Eso, visto así, no parece que proteja mucho de nada.

Falso.

Un servidor de ustedes se ha pegado unas cuantas hostias en bici. A distintas velocidades y en distintas circunstancias. Siempre con el casco bien ajustado, y gracias a eso, en al menos tres ocasiones (un sembrao, y más importante, ante un autobús urbano y en una rotonda)  el casco me ha salvado de sufrir algo más que rozaduras, magulladuras y lesiones en el orgullo.

El caso es que asociaciones de ¿ciclistas? y algún que otro paniaguado se ha puesto a clamar en contra de la citada disposición del ministro. ¿Razones? Que si pesa, que si es incómodo, que si inhibe del uso de la bici, que si la estadística de accidentados no es tan importante, que si soy gilipollas, tonto del culo, mascachapas, mogolo, tarao y mayormente descerebrao. Cuestión esta última que confirma que efectivamente no necesitan casco. No hay nada que proteger.

Un inciso: como cualquier ciclista experimentado sabe las hostias en invierno duelen menos que en verano.

¿Qué?

Si, amiguetes, en invierno, por eso del frío, vas forrado, con cuatro capas de ropa y alguna que otra prenda consistente. Te caes, te magullas, pero lo peor, que son las quemaduras contra el asfalto o la tierra, apenas se sufren. En verano, muchísimo más ligero de rora, esa misma hostia implica, fundamentalmente, toda una serie de excoriaciones bastante dolorosas que tardan, mucho, en sanar. Por eso del roce de la piel desnuda contra el suelo. Algo precioso y para recordar  Pues si la mínima protección de la ropa resguarda de malos mayores… ¿qué clase imbécil puede graznar en contra de una protección que previene males aún mayores como la conmoción cerebral y la fractura craneal? Pues eso. Un imbécil.

Por definición, salir en la bici en un medio hostil como es el urbano requiere la mayor cantidad de protección posible. Eres un híbrido de peatón y vehículo de apenas cien kílos incrustado entre masas de una tonelada a, como mínimo, el doble de velocidad de la que puedes alcanzar. La física es lo que es: tienes la de perder, y todas las barreras entre la tonelada y tu son pocas. No descartes ninguna.

Solo un gilipollas que nunca ha estado despatarrado en mitad de la calzada con un autobús echándosele encima, o un gilipollas que nunca ha visto como le reventaba la rueda trasera a las seis de la tarde en una rotonda llena de vehículos, o un gilipollas que nunca ha aterrizado de cabeza (literalmente) en un sembrao, puede oponerse al uso de casco en sus desplazamientos en bici.

Las personas prudentes, ni se lo plantean.

jueves, 18 de octubre de 2012

Imbecilidades notables, parte enésima.

De cuando en cuando, en contestación a la revitalización del nacionalismo catalán, se revitaliza a su vez al antinacionalismo catalán (que por allí llaman nacionalismo español por hacer de rabiar, aunque en realidad resultan ser dos cosas distintas) y como acción directa y más visible de esa reacción es el llamamiento al boicot de los productos catalanes.

Para promover algo así hace falta ser idiota profundo dentro de la idiotez congénita que demuestran los promotores de tales iniciativas.

Si de lo que se trata es de convencer a los catalanes de que ser parte integrante de España es mejor que ir de por libre, creo que resulta obvio que no es precisamente recomendable pegarles una patada en los cojones antes de empezar a hablar.

Piénselo: si cuando se emancipó sus padres le hubieran pegado una paliza para convencerle de lo contrario, tenga por seguro que habría arriesgado vida y hacienda saltando de azotea en azotea, huyendo bien lejos para no volver a exponerse a tales "razonamientos".

En el caso catalán de lo mismo hablamos. No hay nada que refuerce más un sentimiento secesionista que saberse malquerido dentro de la unidad a la que se pertenece. Si yo fuera catalán me sentiría ofendido y agredido por esos llamamientos descerebrados al boicot, y cuanto antes huyera de ese maltrato más tranquilo respiraría.

Reflexione: si es cierto que quiere a Cataluña como parte España ¿no serán mejor las demostraciones de cariño y simpatía antes que las de odio y desprecio? Pensar lo contrario no solo creo que sea señal de idiocia profunda, sino además muestra de un perverso desequilibrio que habría que hacerse mirar por un especialista en cosas de la mente.

PD: Siempre queda la explicación de que tales campañas salen directamente de los comités de propaganda del más radical nacionalismo catalán, precisamente con la intención reseñada "Si conseguimos que nos odien, más adeptos haremos para la causa entre los indecisos e indiferentes".

jueves, 17 de mayo de 2012

Pánico y órdagos

Como la mitad de los madrileños, y muchos españoles, tengo todo mi dinero en Bankia. Dinero ahorrado tras casi treinta años de trabajo y que, si hacemos caso de los agoreros, está a punto de volatilizarse a causa de los últimos vaivenes de esta crisis que no termina de ver el final del túnel. Ahora el problema es decidir que hacer. Si dejarme llevar por el pánico, hacer caso de los malos augurios y echar un órdago a la chica sacando todo de ahí (para meterlo ¿dónde? Si cae Bankia ¿que entidad puede ofrecer confianza?) o mantener la calma y echar un órdago a la grande no dejando crecer a estas profecías autocumplidas (si todo el mundo se cree que esto va a ser un descalabro y saca su dinero… ¡¡¡convertirá en auténtico descalabro lo que de momento es solo un rumor!!!)

Está escrito: jugador de chica, perdedor de mus.


viernes, 25 de marzo de 2011

ARROZ FRITO A LA CANTONESA (O TRES DELICIAS)

El “arroz tres delicias” es una receta china que está tan presente entre nosotros que no es extraño encontrársela como primer plato en muchos restaurantes españoles, como plato precocinado de marcas famosas o incluso formando parte de los menús de las casas particulares de nuestro país.

Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, lo que hemos hecho es “españolizar” el plato y adaptarlo a nuestra forma de ver la cocina. Bien por gusto, bien por desconocimiento de la receta original. El “arroz tres delicias” que solemos consumir los españoles es, básicamente, un arroz blanco al que se le añaden guisantes, jamón york y tortilla francesa en pequeños trozos. Pero, por muy rico que nos salga, lo cierto es que no sabe igual que el que preparan en los restaurantes orientales, aunque le añadamos salsa de soja.

Yo siempre me pregunté por qué y traté de buscar la receta original china, que no podía ser muy complicada, tratándose de cocina tradicional. Como suele ocurrir, me tropecé con cien mil versiones, cada una más heterodoxa que la anterior y todas afirmando ser “el auténtico arroz tres delicias”. Pero yo no quería las versiones occidentales de la “generación Thermomix”, quería saber cómo lo preparaba la abuela Cheng en sus fogones, así que seguí investigando.

De modo que me puse a bucear en libros de cocina especializados y páginas web cada vez más raras. Resultó que la cosa era tremendamente complicada. La base de la receta es el arroz frito, al que se le añaden diversos ingredientes, y parece que es común en Asia. A partir de ahí hay diversas variaciones regionales.

Lo que sigue es el resultado de lo que he ido entresacando aquí y allá y, sobre todo, de lo que he experimentado yo mismo en la cocina, que es la mejor forma de aprender. El resultado, según las personas que lo han probado, es indistinguible del que sirven en los restaurantes chinos, que en el fondo era lo que yo pretendía.

Lo primero que debéis hacer es cambiar el chip. Olvidáos de cómo os enseñó mamá a hacer el arroz tres delicias. Esta receta es parecida pero el método de elaboración es ligeramente diferente. En realidad, bastante diferente. Como de lo que se trata es de hacer un arroz chino, necesitaréis ingredientes chinos. En la actualidad son muy sencillos de encontrar porque hay varias tiendas de productos orientales. Aquí, en Madrid, en la plaza de Soledad Torres Acosta hay un supermercado llevado por chinos con una zona de comida oriental. No está mal, aunque donde yo hago mis compras es en Ta Tung Universal, en la calle Mozart número 5 (pegadito al centro comercial Príncipe Pío). Si vivís en Madrid os recomiendo esa tienda.

Cosas que vais a necesitar:

1.- Wok. A estas alturas no necesita presentación esa sartén oriental tan práctica.

2.- Aceite de cacahuete o soja. El aceite de cacahuete es el que yo uso, porque no aporta ningún sabor a los alimentos. Y es barato: la botella de litro cuesta un euro y algo. Si no se encontrase ninguno de los dos, servirá aceite de girasol. No uséis oliva porque da mucho sabor al plato y le da un regustillo español que en este caso no deseamos.

3.- Salsa de soja.

4.- Arroz jazmín. En España preparamos nuestro arroz tres delicias con el arroz de grano corto que usamos para la paella, pero eso no es correcto. Debe usarse un arroz de grano largo, que además engorda menos. El arroz jazmín se encuentra fácilmente en cualquier tienda de las descritas anteriormente. Su principal característica es su intenso aroma.

3.- Zanahoria en tiras.

4.- Brotes de soja.

5.- Jamón york. La receta original lleva bacon chino, pero yo no lo he encontrado.

5.- Huevos.

6.- Cualquier otro elemento que se quiera echar: guisantes, gambas...

7.- Un cazo de servir.

Con todo ello preparado, cortadito y listo (ya sabéis que el wok no te deja esperar), os ponéis manos a la obra.

Lo primero, el arroz. Para medirlo, yo uso una tacita diminuta que me dio mi madre. Una tacita de arroz por cada comensal. Cada cual use la cantidad que quiera. Ponemos el arroz en un colador grande y lo lavamos debajo del grifo, con agua abundante, para que pierda el almidón. Cuando el agua deje de salir turbia, está listo. Ponemos el arroz a secar.

Para la proporción de agua y los tiempos de cocción, consultad las instrucciones del paquete, porque a veces varían.

Cuando el arroz esté seco, echamos un poco de aceite en el wok y ponemos el fuego fuerte. Cuando el aceite esté caliente echamos el arroz y lo marcamos durante un minuto, sin dejar de remover. A continuación, el agua (generalmente, tres partes por cada una de arroz, pero como digo es mejor consultar el paquete). No echéis sal. Cuando comience la ebullición, bajad el fuego casi al mínimo, ponedle la tapa al wok y dejadlo 20 minutos (o lo que os digan las instrucciones del paquete). Mientras cuece, olisquead y sabréis por qué le llaman “arroz jazmín”. Comenzaréis a babear.

Mientras se hace, cogéis 2 ó 3 huevos (cantidad a gusto) y hacedlos revueltos, no demasiado hechos. Sí, huevos revueltos. El arroz frito tres delicias no lleva tortilla francesa. Si no me creéis, fijaos bien la próxima vez que vayáis a un restaurante chino. No es tortilla.

Dejáis el huevo revuelto aparte.

Cuando apartéis el arroz, dejadlo 5 minutos con la tapa puesta para que acabe de hacerse. Después apartáis el arroz, limpiáis el wok con papel de cocina, echáis más aceite y volvéis a poner el fuego al máximo. Ahora freiréis la zanahoria, los brotes de soja, el jamón york y cualquier otro ingrediente que vayáis a usar. No los echéis todos de golpe porque tienen diferentes tiempos.

Los apartáis y volvéis a echar aceite en el wok. Cuando esté caliente, echáis el arroz (porque es arroz frito tres delicias) y lo freís sin dejar de remover. Agregáis el huevo revuelto, dejáis la paleta a un lado y cogéis el cazo de servir. Esto parece raro, pero hacedme caso y os irá bien. Hay que revolver el arroz con el huevo, y la idea no es que se quede suelto al estilo español, sino aglutinado y pegadito. Recordad que la receta es china y es endemoniadamente difícil comerse el arroz con palillos si los granos bailan.

Para conseguir esa textura, hay que revolver con el cazo sin parar, y luego aplastar la mezcla con la parte exterior del cazo, dejar unos segundos y luego revolver de nuevo. Hay vídeo en Youtube donde muestran cómo hacerlo. Es fácil, podéis creerme.

Echáis después las verduras, removéis para que se mezclen los sabores y echáis salsa de soja. No rectifiquéis de sal hasta echar la salsa, porque ésta es salada.

Y ya sólo queda servirlo a la mesa. Buen provecho.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Visitas papales y protestas vecinales

El "Pastor Alemán", el papa Ratzinger, ha vuelto a visitar España por segunda vez en su papado, esta vez le ha tocado a Santiago de Compostela y Barcelona.

Naturalmente, la visita ha generado gran alegría en el feligresado católico y pocas simpatías entre los ateos, descreídos y ofendidos. Éstos últimos han convocado protestas y manifestaciones contra la visita que, como todas las de este calibre, provoca grandes molestias a los ciudadanos en general y, sobre todo, y objeto destacado de las protestas de los manifestantes, suponen un gasto considerable que nunca se termina de saber muy bien quien paga, y que siempre se intuye salido de las arcas públicas.

Comprendo las protestas de Barcelona, pero lo que me dejó boquiabierto fue saber que también en Santiago se habían producido manifestaciones similares. Tengo que suponer que los protestantes no serán oriundos de la ciudad, porque de ser así, solo se les puede calificar de idiotas o caraduras.

El pasado año Xacobeo generó, solo en Galicia, nada menos que 900 millones de euros de beneficio, no he encontrado datos (tampoco he perdido demasiado tiempo en buscarlos) de los millones que el Camino de Santiago reporta regularmente tanto a Galicia como a la ciudad de Santiago, pero ya los quisiera yo para mi.

Efectivamente, de ahí mi sorpresa. Que la visita moleste a los barceloneses a cuenta de un gasto innecesario para las arcas públicas (aunque supongo que no considerarán innecesarios los posibles beneficios) pero que un santiagués se considere ofendido por la visita del jefe de la organización que está haciendo de oro la ciudad gracias a la ruta turístico-mística más antigua de la humanidad es para darle de capones por bobo, y más teniendo en cuenta que, como en el caso de Barcelona, no está tan claro que esta visita vaya a suponer una ruina para nadie.

Que me cuenten que protestan por las molestias o cuestiones religiosas, éticas o morales, vale, la Iglesia no es precisamente una máquina de hacer amigos, pero que protesten por las cosas de los dineros que se lo cuenten al apóstol, que ya verán el descojono que se pasa a costa de tanta tontería y tanta gilipollez.

martes, 9 de marzo de 2010

Siempre adelante

La Tierra ha temblado y se ha llevado por delante vidas, haciendas e ilusiones en Haití y Chile. Pero el apoyo, aunque sólo sea moral, de toda la comunidad internacional, ayuda a seguir adelante sabiendo que no se está solo. Un amigo chileno me ha enviado este mensaje y esta fotografía, simplemente impresionante.





Francisco.

Como seguramente ya sabes, un gran terremoto devasto parte del sur de Chile, y ha impactado profundamente nuestro país, la perdida de las vidas es irreparable, pero su recuerdo estará siempre en nuestros corazones. La perdida material es profunda, pero ya comenzó la reconstrucción.

La comunidad internacional ha acudido rápidamente en nuestra ayuda. Entre otros piases España, ustedes nos enviaron hospitales de campaña, rescatistas, perros entrenados, y un equipo de profesionales para apoyar las labores de evacuación. Además de eventos varios para recolectar ayuda. Los equipos de fútbol donde militan Chilenos, han mostrado una gran solidaridad también.

Había pensado enviar esto a la embajada, pero estuve pensando, y como hace tiempo que visito tu sitio (estoy suscrito también a tus entregas e incluso de vez en cuando hago algún comentario) me siento mas cercano a ti, y quisiera manifestar en tu persona mi agradecimiento al pueblo Español, por toda la ayuda que nos han dado, en un gesto espontaneo y generoso de solidaridad hacia nosotros.

Un abrazo.

Exequiel.

P. S. Te adjunto una imagen con un acierto fotográfico que refleja muchas cosas; devastación, desolación, pero por sobre todo la entereza y determinación de un compatriota que perdió su casa, sus muebles y sus herramientas.






martes, 30 de junio de 2009

COSAS QUE ME CABREAN. II

Mi lista de cosas que me provocan un cabreo desproporcionado, vecino de la furia asesina –que es de lo que trata todo esto- continua con un grupo de frasecitas que he tenido que escuchar casi cada día de mi vida y que podemos resumir en “deja el café” / “deja de temblar” y que habría ocupado el número uno en mi anterior post de haberme acordado.


¿Saben ustedes qué es el temblor esencial? Brevemente: es una afección muy común de la que desconoce el origen –aunque hay sospechas de que está involucrado un malfuncionamiento del cerebelo- y que no tiene cura. Al no matar a nadie y no resultar inhabilitante más que en contados casos, no hay demasiado interés en dedicar tiempo y dinero en investigar. Yo padezco un temblor esencial leve. Consiste básicamente en que me tiemblan las manos. En mi caso se denomina temblor familiar, puesto que lo heredé de mi abuelo Sebastián (que, a pesar de temblar como un azogado, cazaba pajaritos al encare y jamás fallaba). Dado que me crié con el temblor y no es un caso severo, hago una vida perfectamente normal y no me causa vergüenza alguna. Sin embargo, las personas se sienten incómodas y me ordenan que deje de temblar. Ya saben, la gente cree en todo tipo de cosas tontas y una de ellas es el poder de la palabra. Creen que la frase “¡Por Dios, deja de temblar!” logrará lo que no consigue la medicina ni mi propia voluntad y hará que mis manos se queden serenas como las de un juez. Creen también que acompañando la frase de esa sonrisita falsa que odio tanto y de algunos chistes sobre abuelos y nietos con ganas de mear no voy a ofenderme ni a molestarme. Y sobre todo creen que en 38 años de vida es la primera vez que escucho ese jodido chiste.


Detengámonos un momento. Verán, tengo una teoría, que ustedes no tienen por qué compartir y que voy a explicarles antes de seguir. Creo que los seres humanos somos depredadores natos, de un tipo especialmente feroz, pero que nos vemos obligados a vivir como pacíficos rumiantes. El panorama puede parecer tranquilo, pero los instintos están por debajo y una yugular expuesta es algo demasiado tentador para nuestro feroz yo interior. Por eso –y ahora retomamos el hilo de lo que hablábamos- siempre intento no decir ni mostrar que algo me molesta. No por orgullo, que también, sino porque cada vez que damos a entender que algo nos molesta, el depredador escondido anota una entrada nueva en la sección “Debilidades del sujeto/presa”. Antes o después, esa debilidad será usada contra nosotros. Si no me creen, estén atentos la próxima vez que discutan con su pareja y sorprenderán a su propio depredador echando mano de la lista.

Cuando me ordenan que deje temblar, si me encuentro de humor, explico lo de que tengo temblor esencial y tal y tal. Pero años y años y años de dar la misma charla me han convencido de que la gente no me cree. Porque siempre me escuchan con la misma sonrisita de “¿Por qué te excusas, si te he pillado? ¡Deja de temblar y punto!”. Una vez he dado mi discurso médico, la otra persona SIEMPRE hace el mismo comentario, que no contesta a lo que yo acabo de decirle, sino que continua con su tono autoritario: “Eso es por el café. Deja el café”. Cuando era joven y pánfilo, perdía el tiempo intentando explicar que no es por el café y que el temblor esencial es una enfermedad real. Tiempo perdido, la sonrisita de mi interlocutor seguía ensanchándose a medida que yo hablaba. Luego, la otra persona acababa la conversación con un gesto impreciso y, en un intento fallido de transformar la sonrisita de superioridad paternalista en una de cariño, remataba con el comentario: “Deja, el café, Mario”.

Es una pena ser una persona educada. ¡Cuantas respuestas se han quedado en algún lugar entre mi estómago y mi garganta! Ahí están, aguardando su oportunidad algunas frases oportunas como: “Y tú deja los bollos, so puta gorda, a ver si conviertes esa inmensa fábrica de mierda en algo parecido a un culo” y también “Más le tiemblan las manos a la alcólica de tu puta madre y no hago comentarios”. En sustitución de tan justas y merecidas respuestas, y en atención a la convivencia, he decidido no permitir que la conversación derive hacia la situación incómoda de paternalismo entrometido. Dependiendo de mi humor, o bien no respondo ni miro, con lo que consigo extinguir la conducta en la mayoría de personas, o bien suelto algo del estilo: “padezco una grave enfermedad neurodegenerativa inhabilitante”, mientras echo mano de mis inéditas dotes de actor (no se fien de mí, puedo fingir cualquier emoción) para componer un breve gesto en el que se resume un inmenso dolor interior y una heróica resistencia ante lo inevitable que les hace sentirse miserables e inoportunos, mientras mi propio depredador interno se carcajea como el Doctor Infierno en el funeral de Koji Kabuto.

Pero sigamos, que aún me quedan algunas cosas. Otra cosa que me irrita mucho es no poderme sentar nunca en el metro o en el autobús. Voy a decir algo insolidario y terrible: ¿se han dado cuenta de que Madrid es una ciudad de viejos? Lógico, la mayoría de jóvenes se han largado a las ciudades dormitorio huyendo del olor a naftalina y los yayos que te cazan en la escalera para contarte el hambre que pasaron haciendo la mili en Ceuta. Por cierto, esto último es real; una triste mañana de invierno antes de desayunar, tuve que escuchar cómo el yayo de mi escalera tenía que robarles las algarrobas a las acémilas de su cuartel, allá en Ceuta, cuando Franco era corneta. Y de cómo las algarrobas le produjeron un atasco intestinal de tal calibre que estuvo siete días sin hacer de vientre, hasta que tuvo que ponerse serio y, con dedo experto y urgador, ir extrayendo las semillas de algarroba que atascaban la salida. El remate de fin de fiesta, esto es, la detallada y precisa descripción del torrente/explosión de oscura y apestosa mierda que salió de allí una vez liberado el atasco fue, lo reconozco, de cierto mérito. Aunque mérito el mio, que después pude retener el desayuno, maldita sea mi alma.

Sigamos. La consecuencia directa de esa pirámide de población desajustada es que, cuando te subes a un transporte público, no importa la hora, está lleno de personas mayores. Si hay un asiento libre ni se te ocurra aprovecharlo, porque en la siguiente parada se subirá una abuela caduca y no te servirá de nada enterrar la nariz en al libro para hacer como que no la has visto, porque se pondrá a tu lado y aprovechará cada pequeña curva para echarse sobre ti.

Antes de que piensen que soy un monstruo insolidario me explicaré: no tengo ningún inconveniente en ceder gustoso mi asiento a la mayoría de personas mayores, embarazadas, personas que llevan niños, discapacitados, etc, lo hago gustoso. No soy como un amigo mio, cuyo nombre es piadoso omitir aquí, que en cierta ocasión en que el autobús pegó un frenazo, esquivó con un requiebro oportuno, la mano sarmentosa y engarfiada de una abuela que se precipitaba pasillo adelante, impulsada por la inercia, y después se quedó contemplando su cuerpo despanzurrado. No señor. Por más que admire la sangre fria de mi amigo aún guardo mi poquito de humanidad y decoro.

En realidad mi ira se dirige a un tipo concreto: las viejas ligeras. ¿Ah, qué no saben lo que son? No, claro que no lo saben. Bueno, llamo vieja ligera a ese tipo de mujer de cierta edad pero aún no estrictamente vieja. Socialmente es de clase media-alta, está delgada porque se cuida mucho, se nota que goza de una relativa buena salud y, como no trabaja y tiene quien le haga la casa y cuide de sus hijos, pasa el tiempo citándose con amigas o en el Corte Inglés dándole caña a la Visa Oro. Esa vieja ligera, se ha levantado a las 10:00 AM, se ha tomado el cafetito descafeinado con tostada integral y crema de soja con la esposa del director de la sucursal del Santander, se ha ido al centro y se ha pasado cinco horas haciendo la vida imposible a los comerciales y quejándose por todo. Y después se mete al metro y ahí es donde me la encuentro yo, que vengo de donde el viento da la vuelta de tener una reunión interminable, agotadora y perfectamente prescindible con un cliente. Y le tengo que ceder el asiento a la vieja ligera, porque uno ha llegado ya a una edad en la que lo que piensen los demás le importa y mucho. Pero me cabreo tanto que me largo a otro vagón.

Me pregunto: ¿por qué tengo que cederle el asiento a la vieja ligera? ¿Por qué es mujer? Eso era una triste y arcana compensación paternalista a las mujeres a cambio de continuar en su papel de sexo débil e inferior. ¿Porque tiene ya cierta edad? Si su edad le supone un problema ¿por qué viene cargada con bolsas de boutiques caras y exclusivas? Y además, si yo tengo que viajar de pie y ella tiene el privilegio de encontrar siempre donde sentarse ¿por qué nos cobran el mismo billete que a mí? Estas y otras cosas le doy vueltas en la pelota cada vez que me ocurre esto y siempre acabo con un ataque de ira.

Para terminar, me gustaría mencionar un personaje que seguro que ustedes conocen bien. Yo lo odio a muerte, pero igual para ustedes tiene el encanto de lo carpetovetónico, de lo racial, de lo profundamente nuestro. Me refiero al Séneca de taberna.

El Séneca de taberna es un tipo de entre, digamos, cuarenta y sesenta y cinco años. Fuma como una chimenea industrial, desayuna un café con Cognac y dos Solysombra antes de subirse al andamio o coger la furgoneta. Cobra el paro y después el subsidio y/o vive de la mujer y los hijos siempre que puede, hasta que usted y yo le pagamos una pensioncita y viajes gratis con el IMSERSO. Frecuentemente se autolesiona –yo mismo he conocido dos casos personalmente- para gozar de baja laboral cobrando su sueldo, hasta que le enfila el jefe y le pone de patitas en la calle. Tiene la voz cascada y aguardentosa, un moreno Agromán tirando a cetrino que se convierte en negro en los brazos. Viste siempre el mismo pantalón lleno de lamparones y las mismas chanclas de meter el dedo, en invierno y en verano. Y, sobre todo, el rasgo que completa el cuadro y sin el cual no tendríamos un Seneca de taberna acabado, sino un simple caradura: habla por los codos y de todo opina. Aunque no te conozca, aunque no le hayas preguntado, aunque le des la espalda, aunque le contestes con monosílabos o no le contestes en absoluto. Él opinará.

La televisión que tienen los bares siempre encendida es su gancho. Cualquier noticia les vale, aunque las de deportes son sus preferidas, porque es de lo único que han llegado a entender algo en toda su triste y desocupada vida. Siempre están contra el gobierno, sea éste del partido que sea, y siempre tienen ellos clarísimo lo que habría que hacer. En el bar donde desayuno había un Séneca de taberna a cualquier hora que acudieras. Cuando los disturbios en Francia de hace unos años, le escuché esta perla: “¡Qué rápido arreglaba yo esto! ¡Qué rápido! ¡Cada guardia, dos metralletas! ¡Y a tiros con tó lo que se mueva!”. En ese comentario sutil reconozco yo al Séneca de taberna típico. Mi padre me previno contra ellos cuando era pequeñito: “Hijo, si crees que Franco y Hitler eran malos, espera a escuchar en los bares como arreglarían España los borrachines”. Persona sabia, mi padre.

Si se fijan con detenimiento, el Séneca de taberna es un tipo solitario. No tiene amigos, aunque ocasionalmente se le arriman los parroquianos porque tienen la costumbre de invitar sin tasa a todo aquel que les siga la bola. Los que me dan pena son los camareros, que se ven obligados a aguantar como valientes las charlas interminables, practicando de cuando en cuando ese maravilloso instrumento que es la “escucha activa”: y que consiste en intercalar “Ahá”, “Claro” y “Eso es como todo” cada minuto o dos mientras piensan en cuantas cajas de Coca Cola Zero tienen que pedir. Mi respeto por esos grandísimos profesionales que, con mucha frecuencia, atraen sobre sí lo peor de la insufrible tabarra senequiana para que los demás podamos ocuparnos de nuestra cerveza fría con oreja a la plancha en paz.

Conforme se van acercando a la edad clave de los 50, nuestros Sénecas van adoptando un look paramilitar típico que consiste en: cazadora verde caqui comprada en el Rastro, llena de insignias de inexistentes unidades militares vagamente anglosajonas, gafas de aviador compradas después de mucho regateo a un pobre africano y ostentoso llavero de la Legión o la Guardia Civil (cuerpos en los que jamás han servido, porque entre otras cosas, los Sénecas han sido, o bien excedentes de cupo o conocidos escaquers y pelotas en la Mili). La banderita de España en la pulsera del reloj es opcional.


Bueno, esto es todo. Seguro que, pensando, pensando, me he dejado algo por ahí. Ha sido un placer compartir mis miserias con ustedes, por lo que les quedo muy agradecido.

Sean buenos (si pueden).

lunes, 29 de junio de 2009

COSAS QUE ME CABREAN. I

¿No hay cosas que les cabrean de forma automática e irracional? Puede ser un comentario, un tipo de anuncio, una persona… llámenlo equis. Algo cuya sola existencia acaba con su paz mental y es capaz de agriarles incluso una bonita mañana de principios de verano como esta. No me refiero a una ligera molestia, ni a la irritante sensación de “no estoy de acuerdo pero no voy a decir nada para no liarla”. Me refiero a una respuesta emocional desproporcionada en su intensidad y duración con el objeto que la provoca.
Mucha gente que me conoce a medias me tiene por un tipo simpático y extrovertido enemigo de los conflictos, bebedor aceptable, y charlador por los codos. Las personas que me conocen más a fondo reconocen en mí a un gruñón empedernido capaz de cabrearse por el asunto más nimio o coger manía a alguien por un comentario hecho de pasada. Sólo que aprendí desde durante la adolescencia a ocultar determinadas emociones y pensamientos; cuestión de supervivencia social. Otras personas con igual problema de intolerancia que yo no realizan nunca ese esfuerzo y ahora siguen viviendo con sus padres, nunca se duchan, se matan a pajas y trabajan de informáticos en su empresa, aprovechando el puesto para colarse en los correos privados de las chavalas de Administración. No, no utilizo guantes de goma, no me enseñaron ningún “Código” y no trabajo de forense.
Voy a compartir con ustedes algunas de esas cosas que me hacen rechinar los dientes. Igual resulta que somos almas gemelas. Si es así, no me lo digan y déjenme vivir en la ilusión de que soy un bicho raro.
La cosa que más mi irrita con diferencia son las repeticiones. Cualquier clase de repetición. Cualquier acontecimiento, palabra o hecho que suceda de forma reiterada en un espacio corto de tiempo. Me produce un malestar físico, espeso, que me sube desde el vientre. Un ejemplo son esos niños a los que padres dejan corretear por el tren, oficina de correos o sucursal bancaria. No me malinterpreten me encantan los niños y normalmente tengo una altísima tolerancia a sus gritos destemplados, golpes y travesuras. Normalmente, incluso me alegran el día. Pero hay criaturas que parecen completamente imbéciles. En lugar de correr y tirar cosas como cualquier crio normal, se solazan en la repetición infinita de una misma rutina: por ejemplo, correr hasta una pared, dar un palmetazo, volver hacia el progenitor, ja-ja-ja, ignorancia paternal, correr, palmetazo en la pared. Una y otra y otra jodida vez. Durante horas y sin descanso. Llega un momento en que la perspectiva de quebrar esos bracitos y sacar de sus órbitas aquellos tiernos ojitos no resulta tan cruel como pudiera parecer en un primer momento.
Otra repetición muy frecuente la provocan personas con menos memoria que la amiguita de Nemo. Te preguntan la hora (por ejemplo) pero no escuchan la respuesta. Tampoco la retienen la segunda vez ni la tercera. A la cuarta vez que me preguntan la hora (o lo que sea), me encuentro tan mal que estoy a punto de morder y arañar.
Hace años, mi mujer y yo seguíamos la serie Periodistas, miserias que tiene uno. Era la típica serie con un esquema muy básico: Menganito aparece en una oficina, la cámara le sigue, habla con Zutanito, luego la cámara sigue a Zutanito, que va al despacho de Periquito, donde vuelven a hablar. Y todo el rato así, de charleta por los pasillos en lugar de currar. En un momento dado me dí cuenta de que en todas las escenas aparecía una rubia. A veces llevaba papeles y a veces no. Cuando los personajes se paraban a hablar, la rubia pasaba por detrás andando. O estaba haciendo fotocopias. En la siguiente escena volvía a aparecer, lo que te hacía preguntarte cuándo coño se sentaba aquella tipa a trabajar. Aquella rubia empezó a emparanoiarme. No atendía a los diálogos. Yo decía en voz alta “y ahora es cuando aparece la rubia”. Y aparecía. Y mi mujer se cabreaba conmigo como una mona. Pero es que no fallaba. Íbamos a docena de cabreos por episodio a cuenta de la rubia, porque mi irritación me impedía callarme cada vez que se la veía pasear detrás de José Coronado. Llegó un momento en que la estabilidad de la pareja dictó que era mejor que me callara, después de algunas trifulcas realmente considerables. Pero como me daba la risa tonta cada vez que aparecía, mi mujer se seguía cabreando conmigo. Cuando logré aguantar la risa, mi mujer, cual perro de Pavlov, me seguía echando la bulla con cada nueva aparición de la rubia.
A algunas repeticiones les he cogido un gusto morboso. ¿Leen ustedes las etiquetas de los productos? Yo sí. Fíjense en las etiquetas de agua mineral. Junto a la composición del agua aparece el laboratorio que ha realizado el análisis. Yo lo miro siempre. Laboratorio del Dr. Oliver Rodés. No importa cuántas marcas miren. Siempre es el laboratorio del Dr. Oliver Rodés. Todas las marcas. Siempre. Al principio disparaba mis alarmas de cabreo por repetición. Ahora, encuentro un placer morboso en comprobar la enésima marca cuyo análisis ha sido realizado por el inevitable Dr. Oliver Rodés. Si miran con atención Stargate SG-1 verán que el agua mineral que sirven en el comedor del Cheyenne Mountain Complex es una marca de agua mineral catalana (no recuerdo la marca). Miedo me da buscar quien ha realizado el análisis químico de esa agua. Puedo acabar como Jim Carrey en la película El número 23.
Otra cosa que me irrita, me cabrea, me produce ganas de arañar pizarras y pasar tenedores por cristales son las terapias alternativas. Cada cual tiene derecho a intentar curarse como le dé la realísima gana, eso está claro. Pero yo no soy dueño de mis emociones. Las disimulo, pero no las controlo. Verán: soy un pesimista y fatalista empedernido. En nuestro universo, las cosas que curan pinchan, escuecen, duelen, saben mal, tienen reacciones adversas imprevisibles o efectos secundarios realmente jodidos. La Aspirina, por ejemplo, puede provocar el síndrome de Reye, cuyos síntomas incluyen vómitos, convulsiones, comportamiento combativo y coma. ¿Simpático, verdad? Si no me creen, vayan al botiquín y compruébenlo.
Además, las medicinas y terapias de verdad las administran personal que trabaja de verdad y realiza guardias de 24 horas, en entornos que huelen a algo que no sé muy bien lo que es, pero huele a dolor y cosas siniestras. En ocasiones, ese personal, mal pagado y mal mirado, está irritado y nos trata de forma desagradable. Las terapias alternativas, en cambio, las administran personas muy simpáticas que te cobran 50 euros por 15 minutos de terapia (no me lo estoy inventando, lo prometo), con música New Age y toneladas de buen rollito por todas partes. No hay efectos secundarios (el agua del grifo, las estampitas de Santa Gema y las tisanas no suelen tener muchos), no hay dolor, no hay irritabilidad. La gente que trabaja poco y gana mucho dinero suele tener esa capacidad de ser simpática. Además, los pacientes acuden una y otra vez durante años a que sigan engañándoles, a pesar de que en la mayoría de las ocasiones no tienen la menor mejoría. Cualquier recaída es atribuida a las medicinas tradicionales que se están tomando al mismo tiempo o a la confluencia de los astros. La razón es que las terapias alternativas (sin pinchazos, sin molestias, sin malos sabores) constituyen ese camino fácil y de mínimo esfuerzo al que todos tendemos.
Por eso, a algunas personas jamás les digo que me encuentro mal (en las raras ocasiones en que enfermo), para evitar comentarios del tipo “¿has probado con las flores de Bach?”. Porque mi reacción emocional incluye el deseo de dar respuestas muy desagradables a las que no tengo en absoluto derecho.
Digo que las terapias alternativas no son desagradables y estoy faltando a la verdad. Hace casi veinte años, me vi prácticamente obligado a someterme a varias sesiones de acupuntura para curar mi codo de tenista –que no me hice jugando el tenis–. Por alguna razón que desconozco, el terapeuta me clavaba agujas por las piernas, lo que de por sí no es muy molesto (apenas duelen, eso es verdad). Pero éste sujeto no debió ir tan lejos como China a aprender Acupuntura, sino más cerca, digamos a Guantánamo. Porque después de dejarme hecho un acerico arrimaba a la camilla una máquina de la que salían cables con pequeños cocodrilos, como los que se enganchan a las baterías de los coches pero más pequeños, y los agarraba a las agujas, maldita sea mi estampa. Luego giraba una ruedecita y ¡¡WRAAAANG!! me temblaba la pierna y todos los pelos se me ponían tiesos. Qué sensación horrible y desagradable.
Un día cometí la equivocación de decirle que no dormía bien. El doctor Mengele cogió una aguja y, lo juro, me la clavó en el padrastro del dedo meñique de la mano izquierda. Aullé de dolor.
Mi Chi debe ser reacio a fluir, porque ni se me curó el codo de tenista ni el insomnio. Eso sí, mi familia perdió 6.000 pelas por sesión (era 1990, hagan cuentas). Tío, estés donde estés: no pasará suficiente tiempo, muac, por éstas que me las pagas.
En tercer lugar en mi lista está esa conocida frase tan hispana: “todos los políticos son iguales”. Oigan, esto sí que me hace morderme las falanges (con perdón). Verán, entiendo a quien, harto de los tejemanejes de los políticos, de los continuos escándalos de corrupción de unos y otros, del entreguismo de aquellos, de la hipocresía de aquestos, decida que su voto no va a ningún lado y decida entregarlo en blanco, a cualquier partido minoritario de chalados o termine por arrebañarse el ojal con la papeleta. Lo entiendo y lo respeto, aunque no lo comparta. Los que me ponen de los nervios son los que, ante cualquier comentario o noticia que pone a su partido en solfa, dicen aquello de “si ej que son todos iguales”. Pero los muy cabrones votan.
A ver, macho: ¿Por qué votas a un partido si crees que dá lo mismo y son todos unos cabrones? ¿Y si es así porque JAMÁS criticas a tu partido? Porque en realidad no lo piensas, por eso. Lo que pasa es que no tienes ni pajolera idea de por qué votas, o tus motivos son tan miserables que te da vergüenza exponerlos en público. O incluso, y esto es lo que de verdad me irrita, utilizas una frase hecha para evitar dialogar sobre política, ya que no sabes hacerlo sin insultar y ya te han sobado los morros varias veces por broncas y por impresentable.
En la misma categoría de frases irracionalmente irritantes hay dos clásicos: “te han engañado” y “a ver si llamas / a ver si nos vemos”. La primera es elemento de diagnosis claro para el típico listoferia al que enseñas, con absoluta inocencia y confianza, tu nuevo móvil y dices “fíjate, me ha costado sólo 80 euros”. El mencionado listoferia se permite una medio sonrisa de medio lado y suelta: “Te han engañado. Eso te lo consigo yo por 50 en la tienda de debajo de mi casa”. En vano buscarán ustedes una tienda debajo de su casa. En vano le dirán “oye, que a mi cuñado le ha gustado mi móvil, dime donde lo comprabas tú más barato”. Porque resulta que la tienda acaba de cerrar, o se le ha terminado ese modelo, o la oferta se ha terminado, o “es que mira, a mí es que me hace una oferta especial”. La segunda de las frases es la que te espetan en la cara cuando ves a esa persona a la que no consideras más que conocida agradable, o que fue amigo hace años y la relación fue enfriándose. Él nunca llama y tú tampoco. Pero cuando te lo encuentras por la calle, te mira como te miraba mamá cuando se sentía dolida contigo y te reclama que le llames, como si todos los años de indiferencia fueran culpa exclusivamente tuya y no compartida entre los dos. Lo que se merece es que le contestes algo del tipo “no te llamaría ni para que me regaras las plantas en Agosto”. Pero no, hagan como yo. Hace unos años me encontré con una conocida que me soltó la frasecita, entre dolida y anhelante. Disimulé a la perfección mi cabreo y le dije: “es verdad, nosotros vamos a estar por Madrid este fin de semana, quedemos el sábado”. Me gusta cuando la gente es precedible, porque hizo exactamente lo que lo pensaba que haría… excusarse, darme largas y despedirse. Es mano de santo, inténtenlo.
Bueno, tengo guardadas unas cuantas cosas más que me ponen de mala hostia. Pero este post se puede hacer demasiado largo y mejor dejamos algo para otra vez.
Saludos a todos.

jueves, 2 de abril de 2009

Apocalipsis

Andaba el año mil europeo en medio de oscuridades y temores: epidemias, hambrunas, malas cosechas, guerras feudales, vikingos sanguinarios, eclipses, cometas y otros desastres. No había otra, el fin de el mundo se acercaba, sin duda, por los muchos pecados cometidos por la humanidad. Predicadores ambulantes gritaban a la conversión y los hombres vestidos con sacos y cubiertos de cenizas, llenaban los templos pidiendo perdón.

El fenómeno se repitió después con la llegada de la peste negra y después y después y ... Quizá no tanto, parece que la edad media, no fue tan oscura como se pensaba y que esa triste visión tiene que ver más con teorías milenaristas compuestas siglos después que con la realidad. En cualquier caso, afortunadamente llego el siglo de las luces, la luz del conocimiento alejó tan nefastas sombras y el hombre pudo al fin alzarse sobre si mismo y comprender el mundo que le rodeaba.

Hoy en siglo XXI ya no quedan dioses iracundos y vengativos, sólo la naturaleza y sus leyes rigen el universo.

Ya no hay profetas que se erijan en interpretes únicos de su voluntad y nos amenacen, por nuestras muchas faltas, defectos y actos egoístas, con inundaciones, terremotos, epidemias y fuego del cielo.

Ya no... ¿O sí?

miércoles, 4 de marzo de 2009

Faroles

No es que sea un apasionado de la política (me dan basatnte asco los políticos) ni tenga en gran estima a los analistas políticos (analizar, analizan poco, más bien barren para casa) pero circunstancias como las actuales me hacen tener más asco a los primeros y menos respeto a los segundos.

El caso es que en España todo el mundo se ha enterado, bombardeo mediático mediante, que en las elecciones al gobierno de la taifa gallega el PP (conservadores) ha obtenido la mayoría absoluta (más del 50% de los votos) recuperando el poder que perdió hace cuatro años a manos de una alianza contranatura entre nacionalistas galegos (desconozco su ideología exacta) y el PSG (PSOE, socialistas) Todo claro y diáfano, las matemáticas mandan y nadie puede objetar nada, incluso la autocrítica socialista ha sido ejemplar, solo se echa en falta algo menos de triunfalismo conservador, por lo pronto, su líder y futuro presidente gallego, ya no va a poder cumplir una de sus promesas electorales, ya que su coche oficial no podrá ser de fabricación gallega... so pena que no tenga inconveniente en pasearse en una Berlingo blindada.

En el caso de la taifa vasca el asunto es bastante más complicado. A efectos prácticos la mitad de la población se decanta por una opción nacionalista (en resumen, anhelan la independencia) y la otra mitad es un tema que o no les entusiasma o más bien les repele. El puzzle de partidos es tal que da un poco de grima mirarlo, y el reparto de escaños no ha olvidado a nadie. Un dato curioso: el País Vasco es aún más conservador que Galicia, mientras el PP ha conseguido en la tierra de Breogán el 47% de los votos, la suma PP+PNV da un resultado de casi el 53%.

El caso es que es tal la fragmentación, y por cosas de esas de las leyes de Hont y demás, que el PSE (PSOE, 30% de votos, 24 diputados) puede llegar a gobernar con el apoyo, o al menos la aquiescencia, de su irreconciliable enemigo (si, enemigo, no rival) el PP, (14% de votos, 13 diputados) apartando al PNV (39% de votos, 30 diputados) del poder en el que lleva apalancado desde que Euskadi es Euskadi.

Esta circunstancia es celebrada por socialistas y peperos vascos como realidad posible, y Patxi López, el secretario general del PSE, proclama a los cuatro vientos que está seguro de ser el próximo leendakari (presidente) vasco, ante la ira del PNV.

Todo esto analistas y demás ralea lo dan por hecho, y pronostican futuras tormentas políticas a todos los niveles. Para más detalles leer la presnsa española de estos días.

Particularmente los que tienen sorprendidos son los peneuvistas, peperos, periodistas y analistas. Periodistas y analistas porque sus negros vaticinios están dentro de la estricta posibilidad... y encima los dan por hechos, peperos porque son unos ingenuos que creen tener una llave de oro y peneuvistas por... vascos de chiste, cabezones y poco sutiles.

¿Solo yo estoy viendo un farol mayúsculo de Patxi López? Coqueteando en estos primeros momentos con la posibilidad de llegar a ser leendakari tensiona su relación con el PNV de forma que a la hora de establecer las conversaciones preliminares para formar el gobierno vasco parte de una posición de ventaja. Es él, solo él, quien tiene la llave de la gobernabilidad del País Vasco, es él quien puede imponer sus condiciones al PNV para formar gobierno, y él será, finalmente, el ganador de estas elecciones aunque no gobierne nominalmente y se limite a moderar el discurso victimista del nacionalismo vasco y las tendencias conservadoras propias del PNV. Un paco PSE-PP es un pacto con el diablo, inviable de todo punto, ni siquiera en el complicado panorama vasco. Habrá un gobierno vasco PNV-PSE, seguro.

¿Sólo yo veo esto? No creo, me parece algo tan evidente que solo puedo pensar que toda esa morralla de políticos y plumillas están dando el espectáculo con tal de seguir ganando notoriedad. Asco me dan.

martes, 20 de enero de 2009

El nuevo Emperador, el viejo Imperio

Ya han coronado al nuevo Emperador, y con él parece que hemos entrado en una nueva era de esperanza, paz y bienestar. El nuevo emperador es joven, habla con lengua de sabio e hincha los corazones con promesas de renovación. El nuevo emperador es «exótico», más que emperador es faraón. Pero que nadie se engañe. Detrás está el Imperio, lo que estorbe al Imperio será apartado, lo que inquiete al Imperio aplastado, lo que se enfrente al Imperio aniquilado. Todos los Imperios han sido así, y éste nunca ha dado muestras de ser diferente a sus precursores.

martes, 4 de noviembre de 2008

Agoreros y listillos

yeah he do the walk of life
Dire Straits



No hay cosa de la que me arrepienta más en la vida que haber escuchado a los agoreros y a los listillos.

Cuando era un chiquillo escuálido y atontado que cursaba EGB en los años 70 soporté sus primeros ataques. Supe, por aquellos de mis amigos y conocidos que me aventajaban en edad, que mi vida era regalada y fácil y aún no había conocido lo peor: ya me enteraría al llegar a BUP, donde se estudiaba de verdad, donde pasabas eternas noches en vela estudiando libros tan gordos como los sillares de Micenas y los profesores se empleaban a fondo contigo. Llegué a BUP con las orejas gachas, igual de escuálido y atontado, pero con más granos que una mazorca transgénica y una nueva amiga (mi pobre mano derecha). Bueno, he de admitir que no fue fácil, que realmente era un cambio de aires radical, que había que estudiar más, que los profesores te miraban como esperando algo más de tí… pero pasé por ello. Con esfuerzo, porque siempre fui un pésimo estudiante, pero pasé por ello, bendito sea.

Pero incluso ya entonces supe aquello no había sido nada. Apenas el aperitivo. Un divertimento. Porque después venía [aquí la música de Tiburón: tun-tun… tun-tun… tuntuntuntuntuntun]: la Universidad. Allí chaval, decían quienes por edad o méritos habían entrado antes que yo, allí sí que curras, eso es el infierno; tienes que buscarte la vida porque los profesores pasan de ti, los trabajos no puedes entregarlos de cualquier forma, ya verás, ya verás, es horrible.

Recuerdo mis primeros contactos con la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense, vulgo “la caja de cerillas”, un espantoso edificio de ladrillo. Sí, fue horrible. Lo confieso. Después de salir de un colegio lleno de estrechas (no diré el nombre, pero Paco Pepe fue al mismo que yo), estar entre mujeres de verdad fue espantoso. Porque yo seguía siendo escuálido y atontado y, aunque ya no tenía granos, era a la belleza masculina lo que Jesús Gil a la política. Follé menos que un casado. Es más, no follé nada. No sé qué les han contado sobre la Universidad, pero es mentira. El famoso brindis “sexo, orgía, Historia y Geografía” es falso. Eso sí, me bebí hasta el agua de los floreros en Moncloa, Malasaña, Huertas y donde pintara, empalmé más de una noche (en realidad estaba siempre empalmado, ya me entienden); me agarré el moco de mi vida para pedirle salir por vez primera a una chica encantadora llamada Carmen que después se casó con un sargento del Ejército del Aire (que no tuvo ni la decencia de ser mala persona para hacérmelo más fácil, el muy…), y recibir las primeras calabazas de mi vida; publiqué mis primeros artículos en un pequeño fanzine que editaban en la Facultad (ni de coña, no pienso decirles el nombre, y además firmaba con seudónimo); hice varios viajes se abren comillas de estudios se cierran comillas de esos que cuando vuelves a casa duermes 48 horas seguidas… en definitiva, hice lo humanamente posible para cumplir el topicazo del estudiante de Humanidades.

Por poco se me olvida, conocí a la que ahora es mi mujer.

Mi paso por la Universidad fue horrible, espantoso, Ya saben.

Pero claro, lo que ocurría es que aún no había conocido lo peor.

¿Qué te has creído chaval? ¡Con lo bien que vivís los estudiantes! ¡Ya verás en la mili, ahí sí que te van a poner firme como una polla!

Bueno, firme sí que me pusieron, eso seguro. Todos los días varias veces. Tampoco diría yo que fue fácil. Qué coño, los primeros meses lo pasé de puta pena. Pero como estaba la Expo, durante cuatro o cinco meses me gané más de doscientas mil pelas haciendo guardias por Andalucía (y era soldado de 2ª) durante las cuales leía novelas o charlaba con los colegas. Durante aquellos meses, sólo bebía Jack Daniels (con un solo hielo, por favor) y viajaba en Talgo. No, no estaba siempre salido; dormir con cien tíos que no paran de tirarse pedos y roncar como un aserradero asturiano no es lo que yo llamaría El Palacio del Placer. Sólo afortunados como Nico han conocido el placer en su sentido más hondo durante el Servicio Militar.

Pero saben… sí, lo han adivinado. Es que lo peor no había venido todavía. EGB, BUP, la Universidad, la puta mili… todo eso era la vida fácil. Espera a casarte, membrillo, y sabrás lo que es rock’n’roll. Tu mujer te controlará todo, tendrás que tirar tus películas y libros, perderás tu libertad. Ya verás, ya, cuando te cases.

Bueno, estoy casado. Con la mujer más jodida y obscenamente maravillosa de este mundo. Sí, sigo siendo escuálido y atontado. No, no es ciega. Sí, está muy buena. No, no sé cómo lo hice.

¿Qué quieren que les diga de la vida de casado? ¿Poder poner la música al volumen que me de la gana? ¿Plantar los quesos encima de mi mesa? ¿Comer o cenar a la hora que me plazca y lo que me plazca? ¿Compartir mi vida con una mezcla de Samantha Carter y una cabo primero de Valkirias? No sé si podré soportarlo. Claro, está lo de pagar la hipoteca, hacer cuentas, limpiar, discutir de cuando en cuando, negociar pequeñas cosas… No he perdido ni un ápice de libertad, no he tenido que renunciar a nada y no me siento en absoluto un esclavo. La vida adulta no es fácil, no es relajante y no es el paraíso, pero no puedo quejarme. Hasta ahora no ha llegado nada con lo que no pueda lidiar.

¡Ah, escarramal! Lo que pasa es llevas una vida muelle y facilona (ahora, todos conmigo) ¡Ya te enterarás cuando tengas hijos! Tendrás que olvidarte ver películas, no dormirás en toda la noche, tu mujer pasará de tí y sólo pensará en ellos...

¿Saben que les digo? Váyanse todos a tomar por culo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

ROLLO MACABEO SOBRE LOS EEUU

Las elecciones en EEUU nos afectan como si de las elecciones nacionales se trataran. Vemos en todos los medios periodísticos y televisivos como se diseccionan las posibilidades de los candidatos, se analizan encuestas y se pronostican resultados.
A nosotros, los ciudadanos ibéricos de a pie, nos cuesta entender que no somos norteamericanos, a pesar de la Coca Cola, La Guerra de las Galaxias, Chuck Norris y Microsoft.
Hacemos una errónea comparativa de personalidades con nuestros políticos de turno, identificando a Obama con el progresismo y a McCain con los liberales.
Queremos creer que de ganar uno u otro, nuestra situación personal de país de tercera fila (que no de país del tercer mundo, gracias a Crom) cambiará de manera sensible.
Nuestras simpatías personales bailan un chotis con los candidatos, creyendo que el joven, demócrata y negro se enfrentará al viejo, republicano y blanco.
Creemos en definitiva, que el estado hegemón mundial puede cambiar, en función de a quien se elija en las elecciones de los EEUU. Y que nosotros, desde España y con amor, podemos beneficiarnos e incluso influir en ese cambio.
Y una mierda.
Desde hace ya bastantes años, la asunción por parte de los americanos de que eran la primera potencia mundial, les convirtió en un imperio. No me refiero al concepto de imperio romano, ni al español del S.XVI (si es que existió), ni siquiera al británico del S.XIX. A pesar de las atractivas similitudes, Norteamérica creó su propio imperio particular.
Si pretendió hacerlo de manera consciente o si simplemente se encontró de bruces con él después de la II Guerra Mundial es algo que dejo para los expertos.
En mi modesta opinión, este imperio se basa en tres anclas, aunque admito que pueden existir más: Sistema Económico, Sistema Militar y Sistema Político.
Su sistema económico es el capitalismo. Ha evolucionado a través de los años con diversas fórmulas, en función de sus circunstancias internas y externas, pero sigue siendo capitalista. Lo más importante de este sistema, para mí sin duda alguna, es la aparición de los grandes “lobbys” o grandes grupos económicos de presión. Si son estos, o no, los que dirigen al imperio, en mayor o menor grado, en función de quien presida la casa blanca, es clave para entender el tipo de imperio que es y de que manera nos puede influir a los demás. Este sistema no es perfecto y tiene un incómodo ciclo periódico de aceleración-desaceleración. El sistema se encuentra dentro del mercado, que al globalizarse crea una dependencia tanto interna como externa. Es lógico pensar que el imperio tiene tendencia a controlar el mercado, pero es incapaz de controlar los períodos de crecimiento-recesión. Por lo tanto, tanto el propio imperio como los satélites que lo conforman, tenemos que comernos con patatas fritas los momentos de recesión, con todas sus consecuencias. Y al mismo tiempo disfrutar de los períodos de bonanza y crecimiento, quienes puedan y/o sepan disfrutarlos.
Su sistema militar (incluyendo su central de inteligencia) es la más poderosa máquina de guerra conocida, capaz de desplegarse a cualquier punto del planeta y poseedor y “utilizador” del poder nuclear. Por fortuna, su mando está bastante supeditado al poder político y en teoría está bastante controlado. Tengo que recurrir al cine (por cierto, norteamericano) para poder imaginar su imperio controlado por el sistema militar. Así de pronto se me ocurren: “Teléfono Rojo, Volamos hacia Moscú”, “7 Días de Mayo” y “La Roca”. De todos modos, el concepto de “guerra total” y “rendición incondicional” es norteamericano y proviene del general Grant y del político Lincoln. Su plasmación universal la veríamos con Roosevelt - Truman y la bomba atómica. Su desarrollo y evolución se sufrió en la guerra fría contra el “peligro comunista” (que en muchas ocasiones, efectivamente era un peligro). Ha tenido también distintos resultados, no siempre victoriosos para su sistema militar. La cuestión es que, siempre que ha tenido un enemigo “visible”, su sistema militar les ha funcionado razonablemente bien. Pero cuando ese enemigo “visible” se colapsó a sí mismo, el imperio no supo reaccionar con eficacia. Su enorme red de armamento, información e intromisión se vio, de repente, innecesaria. Y como todas las estructuras capitalistas, tendieron a recortar gastos superfluos. Con lo que quedaron victoriosos (en el ámbito económico) sin haber ganado totalmente en el plano militar y con una super-estructura de inteligencia para el desguace y despiece. Pero como nunca hay descanso para los adversarios del imperio, el enemigo mutó y se transformó en “invisible”, pillando en bragas al imperio. No hay peor enemigo para un imperio que la guerra de guerrillas. Comandos pequeños que se infiltran en tus filas, atacan la línea de suministros y te hacen el mayor daño posible, no solo a tu ejército si no a tu población civil. Cuando la guerrilla se transforma en terrorista, es todavía aún peor. Y cuando ese terrorista no es una nación o grupo concreto e identificable, si no que proviene de una entelequia religiosa fanática, liderada por un millonario y antiguo aliado, escondido nadie sabe donde, financiada por una red fantasmal y seguida por no se sabe cuantos seguidores, el resultado es una pesadilla para el imperio. El contraataque del imperio se produce, al principio, de manera más o menos justificada, invadiendo Afganistán y con una aceptación formal de sus satélites. Pero el imperio pierde el norte y decide invadir Irak, donde, curiosamente, hay petróleo, no como en Afganistán que solo tiene piedras y amapolas (por cierto, estas crecen muy bien).
¿Seguirá invadiendo el imperio, para controlar el flujo de hidrocarburos y para controlar el polvorín (más bien polvorón) de oriente medio?. A saber.
Su sistema Político es la democracia. Esta nos parecerá la más cojonuda o la más chunga, pero es una democracia y la primera después de una revolución. Su sistema electoral federal, por estados, permite elegir a unos compromisarios, que son los que eligen a su vez al presidente. Su particular evolución nos ha dejado un sistema bipartidista, que todos reconocemos como demócratas y republicanos. Y aunque en Europa, la evolución de la democracia nos haya deparado también un bipartidismo cuasi general, en poco o nada se parece a demócratas y republicanos norteamericanos. De hecho, sorprende e incluso causa perplejidad que la primera potencia mundial no tenga, en pleno siglo XXI, un sistema universal de seguridad social, que sí tenga como derecho el portar armas de fuego y que mantenga como vigente la pena de muerte en algunos estados.
No nos engañemos. Si esto es así es porque la mayoría de los ciudadanos norteamericanos quieren que sea así. En ninguno de los dos programas de los partidos políticos está ni la abolición general de la pena de muerte, ni la prohibición de portar armas de fuego ni la universalización de la protección de la seguridad social.
Ahora podríamos caer en el antiamericanismo ramplón del “todos son iguales, todos imperialistas”, acabemos con los yanquis. O también en el caso contrario del clientelismo filo-americano de “son cojonudos”, “ellos sí saben como hacerlo bien”, imitemos a los yanquis.
Después de varios siglos, seguimos siendo maniqueos.
No olvidemos que son una democracia y la democracia impone la mayoría a la minoría. Es así y punto. Se la podrá criticar, por supuesto, pero quien no esté a gusto puede perfectamente escoger Corea del Norte como residencia permanente. O China. No, China no, que se han vuelto “comucapitalistas”. Tampoco comprendo a los que echan pestes de su propio país e idolatran el “paraíso yanqui”. Pues nada, a emigrar a Florida, donde no podrán estar más de dos meses más que como turistas y el resto como ilegales deportables en cualquier momento, por ser spaniards de mierda.
¿Tan difícil es aceptar que somos satélites del imperio, pero con particularidades propias?. A una dirigente socialista, nada sospechosa de filo-americanismo, le he oído decir, textualmente, que considera a los EEUU como país aliado. ¿Aliado contra quien o contra que?.
Tampoco creo que haya que perder la identidad por tener influencia del imperio. En todo caso se transforma. La cuestión es como defender tu propia identidad ante el imperio, sin tener necesariamente que estar ni a favor ni en contra del propio imperio.
También está el asunto de cómo nos ven a nosotros, los ibéricos. Tampoco hay que engañarse. Somos un país satélite (aliado) que forma parte de Europa, de orden menor, por debajo del triple eje anglo-franco-alemán. Nuestra situación no va a mejorar en realidad porque gane uno u otro candidato a la casa blanca. En todo caso habrá mejor o peor álbum de fotos. Me parece bien que uno exprese sus simpatías por uno u otro, pero no por ello va a cambiar el imperio.
Al imperio solo lo pueden cambiar desde dentro, por ser una democracia, o desde fuera, cuando exista una potencia que lo desplace en su sistema económico y/o militar.
Y hoy por hoy, el imperio, nuestro imperio, es el yanqui, aunque muchos de sus ciudadanos nos sitúen en México y a nosotros nos parezca que si gana Obama, sabrán situarnos correctamente en el mapa.
Manuel Nicolás Cuadrado
Man