martes, 29 de julio de 2008

¿DEBE EL SER HUMANO LLEGAR A MARTE?

Envidio a mi padre por muchas razones. Una de ellas es que pudo escuchar la retransmisión de la llegada del hombre a la luna. Fue en 1969. Yo tenía tres años y como podéis comprender no me enteré de nada.
Cada generación debería de poder experimentar un descubrimiento o un logro humano determinado. No es una obligación, pero simplemente me gustaría que fuera posible.
Las generaciones anteriores, debido a la falta de comunicación y a las distancias, no se “coscaban” de las expediciones ni los descubrimientos hasta pasados muchos años después.
Es un privilegio pues, vivir en un mundo en que casi todo el mundo puede enterarse y compartir logros del ser humano, a través de los diversos y variados medios de comunicación.
Yo, por ejemplo, he vivido de lleno la revolución informática y, aunque no soy un profesional de la misma, me enorgullezco de que el hombre haya podido hacer algo así, a pesar de sus fallos, carencias e inconsistencias.
Pero vamos a hablar concretamente de los descubrimientos. Más concretamente de los descubrimientos geográficos y extra geográficos.
El hombre ha demostrado históricamente ser un “culo inquieto”. Frente a la gente que prefería quedarse sentada en su sillón, viendo pasar sus días sin salir de su pueblo, otra gente tenía el gusanillo de la aventura. No tengo ni que mencionar lo que hicieron posible los fenicios, griegos, púnicos, romanos, chinos, bárbaros, árabes, españoles, portugueses, holandeses, ingleses, franceses, rusos, etc, etc, hasta llegar a los americanos.
A finales del siglo XIX, casi todo el globo terráqueo estaba explorado y descubierto, salvo las profundidades del mar.
Y en pleno siglo XX, como consecuencia de la 2ª Guerra mundial y posterior guerra fría, en vez de seguirnos mirando el ombligo, dirigimos nuestra mirada hacia el cielo. Cierto es que siempre nos había llamado la atención el tema, pero nunca se pudo explorar por falta de medios. Cierto es también que la exploración espacial es una consecuencia directa de la guerra fría y de la competencia de dos superpotencias que querían demostrase cual era la mejor y la más guay.
Vale, pero el caso es que los rusos lanzaron el primer satélite y después de eso la cosa se puso interesante. La carrera espacial comenzó. Y reconozco que me apasiona. Fue uno de los logros “inútiles” de los humanos que más admiro. Me refiero con “logro inútil” al sentido que, económicamente hablando, carece del más mínimo desembolso en recursos. Tanto la observación como los viajes al espacio nos han demostrado (por ahora) que solo hay pedruscos (así los llama monseñor Canalda) y gigantes de gas. Nada de planetas habitables. Y para el ojo de la cara que cuesta poner una sonda en Venus, como que no sale excesivamente rentable.
Pero a pesar de la manía humana del beneficio económico, hay otros beneficios, que no por menos tangibles, dejan de ser beneficios. El logro humano. El afán de superación. La curiosidad. La imaginación. La inteligencia.
Por otro lado nos encontramos con una tecnología que además de cara, está limitada. Limitada en cuanto a que no podemos hacer nada que ni siquiera se aproxime a la velocidad de la luz. Limitada por el combustible, que sigue siendo combustible químico. Limitada por la propia naturaleza del ser humano, que está acostumbrada a la atmósfera y no al espacio exterior. Y sobre todo y actualmente, limitada por la opinión de millones de personas, que ven en la carrera espacial un derroche de tiempo y dinero, que podría emplearse en, por ejemplo, acabar con el hambre en el mundo.
Todo esto y mucho más, limita el avance de la carrera espacial. Y aún así, con rachas presupuestarias y de opinión, continúa. Por el momento y no es por desmerecer a nadie, los EEUU son los que mantienen viva la carrera espacial. Pero si son los chinos, los suecos, los rusos o los mongoles los que toman las riendas, pues bienvenidos sean. A mí lo que me interesa es que se siga haciendo.
Un posible reto espacial, relativamente cercano en el tiempo, podría ser el viaje tripulado a Marte.
Cinco años de viaje. Condiciones de confinamiento extremas. Gravedad cero patatero. Posibles averías en la nave. Aterrizaje complejo en el planeta. Condiciones atmosféricas muy chungas. Nada que ver salvo piedras rojas. Tal vez tormentas gigantes de polvo. Ni un bareto para tomarse unas cañas. Menos aún un restaurante de comida mediterránea. Y luego la vuelta. Como dice Mario, los pobres desgraciados que vuelvan (si vuelven) estarán hechos unos zorros.
Monseñor Canalda equipara las condiciones de vida en el espacio con los hacinamientos de los buques del siglo XIX. Y lo cierto es que se pudo hacer.
Maese Jacinto opina que no debería haber ningún problema con los motores atómicos. Carlito´s Way dice es que si no vamos es porque faltan agallas y sobran pejigueras. Mario comenta que la cosa está todavía muy verde, pero que por supuesto que el hombre debería de viajar a Marte. Y yo, al igual que mis amigos, opino lo mismo que ellos y añado: CON DOS COJONES (U OVARIOS), QUE PARA ESO SOMOS HUMANOS.

Manuel Nicolás Cuadrado

No hay comentarios: